Por: Juan Carlos Botero

El diablo de Alexandria

Alexandria Ocasio-Cortez es el diablo. Y no sólo por sus ideas tan extremas y por las fantasías que propone, sino porque ha tenido el atrevimiento de arroparse en una bandera que en EE. UU. significa la muerte de toda carrera política: “socialista”.

Al menos así la retratan los conservadores del país, empezando con Trump y su canal de propaganda que pretende ser informativo, al peor estilo soviético, que es Fox News. Pero ha sucedido algo curioso: desde la aparición de Bernie Sanders la gente le tiene menos miedo a ese término. Y en el caso de Alexandria éste no impidió que ella ganara la elección para la candidatura demócrata al Congreso de Nueva York, y si gana en noviembre ella será la mujer más joven de la historia de EE. UU. elegida al Congreso.

La razón es obvia. De un lado, gran parte del país hoy es joven, y la juventud no tiene el mismo repudio al socialismo que tuvieron sus mayores, criados durante la Guerra Fría con la Unión Soviética. Pero hay otra razón más de fondo, y es que mucha gente piensa que el socialismo, tal como lo define Alexandria, es el camino más acertado desde el punto de vista económico, y también el más ético desde el punto de vista social.

¿Cómo es posible?, exclaman aterrados los conservadores. ¿Acaso esta jovencita desea que EE. UU. termine como Venezuela?

Acudir al ejemplo de Venezuela es un golpe bajo y bellaco. Porque el fracaso de Venezuela no es por ser socialista: es porque desde Hugo Chávez, y más ahora con Maduro, el socialismo ha sido un pretexto para que sus líderes se roben el tesoro nacional hasta raspar la olla, como lo están haciendo ahora. Hoy el 90 % del país es pobre.

El verdadero modelo, dice Alexandria, no es Venezuela sino Dinamarca, uno de los países más felices, más prósperos y justos, y menos desiguales del planeta.

Sus logros son los mismos a los que aspira Alexandria para EE. UU.: salud y educación para todos, un salario mínimo dígno, salvar el mundo del suicidio por culpa de los negadores del calentamiento global y acabar con la pobreza en el país.

¿Pero cómo pagar todo eso?, se preguntan alarmados los reaccionarios. Eso costaría trillones de dólares. ¿De dónde saldrán los fondos para tantas fantasías?

Me encanta esa objeción. Ante todo, por el descaro al plantearla. Porque es lo de siempre: para costear la educación o la salud universal no hay dinero. Pero para aumentar el presupuesto militar en 700.000 millones de dólares, un incremento que el mismo Pentágono nunca pidió, sí lo hay. Y también para pasar la reforma tributaria de Trump que beneficia a los ricos y a las grandes corporaciones. Y también para rescatar a los alegres muchachos de Wall Street que durante años hicieron travesuras con los fondos de pensiones y con la plata de los demás. Así que dinero hay: lo que pasa, anota Alexandria, es que las prioridades del país están erradas. Y toca cambiarlas para garantizar el derecho a la salud y a la educación, y para ayudar a los pobres, a los destechados y a las madres solteras antes que a los billonarios. Porque en un país con la riqueza de EE. UU. es una infamia que haya pobreza, y también que éste sea uno de los países industrializados más desiguales del mundo.

Por todo esto hay que apoyar a la joven y carismática Alexandria. Y no a pesar de ser socialista. Sino precisamente por eso.

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2018-09-21T00:00:51-05:00

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2018-09-21T00:15:01-05:00

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El diablo de Alexandria

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