Publicidad

El doctor Nassar

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Fernando Araújo Vélez
13 de junio de 2009 - 06:11 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Cada vez que llegaban aquellos señores vestidos de blanco y se anunciaban como doctores de la clínica del dolor, él los intuía diluidos, cual sombras que se deshacían ante sus ojos, pero sus dolores eran más fuertes que sus angustias y siempre, sin remedio, terminaba por decir que sí quería una dosis completa de tramal y otra de morfina.

Entonces el mundo bailaba a su alrededor con el simple chirrido de una puerta, y las agujas y cables que llevaban y traían las enfermeras eran plumas o resortes que se enredaban en su cuerpo.

Tal vez por eso, por todo eso, él jamás comprendió del todo las oraciones, estampas y medallas que le dejaban las visitas en la gaveta de su mesita de noche. Las letras y las vírgenes y los curas se salían de sus marcos y regresaban cuando se les antojaba, casi siempre de noche. De noche, también, sin que él jamás pudiera comprender cómo se saltó los controles de la clínica, un primo algo mayor le dejó un par de libros de García Márquez: Crónica de una Muerte anunciada y Vivir para contarla.

Con ellos y por ellos se desveló por horas y semanas, o eso fue lo que le dijeron, porque en sus delirios confundía a los hermanos Pedro y Pablo  Vicario con Santiago Nassar, a doña Luisa Santiaga Márquez con Ángela Vicario, e incluso, a Remedios la bella con Úrsula Iguarán y los ojos de perro azul. En sus delirios, ya no sabía si vivía en la realidad, en las páginas de García Márquez o en la muerte, esa muerte guadaña en mano que él vislumbraba cada mañana, poco antes de que llegaran los doctores del dolor a salvarlo de la incertidumbre.

Un viernes le advirtieron que lo operarían. Una junta médica había tomado la determinación, en vista de que nadie sabía muy bien qué le ocurría. Él preguntó si podía llevarse al quirófano uno de sus libros. Por supuesto que sí, le respondieron para tranquilizarlo. Eligió el más pequeño, Crónica de una muerte anunciada, y lo guardó bajo la sábana azul con que lo cubrieron. Al despertar, cinco o seis horas más tarde, un hombre de bigote, ojeras y sonrisa, le informó que todo había salido bien. Yo soy el doctor Nassar, se presentó y le dio la mano. Él abrió los ojos, desmesurados, y le pidió que por favor le firmara su libro. El doctor escribió: Con cariño, Felipe Nassar.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.fernando.araujo.velez@gmail.com
Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.