¿El dominio público es un robo?

El pasado 23 de julio Juan Gabriel Vásquez escribió en este diario una columna titulada “El robo en forma de Ley”, en la que considera que el vencimiento del plazo de protección del derecho de autor es la legalización de un robo. Es decir, que el uso que hacemos de obras en el dominio público es un robo.

A diferencia de lo que nuestro escritor asume, el derecho de autor, con sus ventajas y desventajas, no se les ocurrió a nuestros desacreditados legisladores colombianos de hoy, sino que viene de lejos: apareció hace unos siglos y desde que nació consagró la idea de tiempo limitado de protección. Más aún, lo que debemos denunciar es que durante el siglo XX los plazos de protección se han ampliado persistentemente a nivel internacional.

El argumento de Vásquez se centra en comparar la propiedad material con la inmaterial. Pero al hacer esto desconoce las diferencias de naturaleza entre los llamados bienes “tangibles” y los “intangibles”. Para que alguien pueda tener propiedad sobre un bien tangible (un carro) otra persona debe perderla. En cambio, la posesión de un bien intangible (un poema) por una persona no rivaliza con la posesión que alguien quiera tener del mismo bien. De modo que para que alguien aprehenda de otro una obra intelectual no es necesario que éste la “desaprehenda”. Al final del proceso el ideal es que los dos posean ese conocimiento.

Lo que más me preocupa del argumento de Vásquez es que no intente siquiera reconocer en su análisis el contexto de bien público y beneficio social que reside en la institución del dominio público. El dominio público se erige hoy por hoy como una importante institución para acceso de las personas a los recursos de su cultura que pueden circular más fácilmente, pero que además pueden ser reinterpretados y recontextualizados libremente para ser nueva fuente de cultura. De esta forma pueden servir como inspiración para nuevos escritores, compositores, creadores de audiovisual, para mí, para usted, en una cultura que no nace del aire sino que se alimenta del entorno.

El valor del dominio público va mucho más allá de los beneficios que unos editores puedan obtener de la republicación de este material y necesariamente debe ser superior al porcentaje miserable (en palabras de Vásquez) de remuneración individual que los tataranietos puedan devengar del trabajo de su antepasado.

No tengo el placer de conocer la obra de Vásquez, pero apuesto a que su inspiración no es sólo divina sino que tiene mucho de terrenal, por lo que me pregunto si, sin darse cuenta, ¿no habrá estado “apropiándose” del trabajo de otros autores que en su justicia debieran estar reportando réditos a otros muchos herederos?

Carolina Botero Bogotá

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