Costas extrañas

El error catastrófico de H. G. Wells

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En tres años, proeza de proezas, el escritor inglés H. G. Wells publicó cuatro clásicos de la ciencia ficción: La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos. Esas cuatro novelas son tan populares —y han resistido tan bien el paso del tiempo— que es muy probable que las siete mil millones de almas del globo las conozcan al dedillo, incluso sin tener la menor noción de quién es su autor. Entonces, más que un clásico de la ciencia ficción, Wells es un clásico de la literatura a secas: un autor cuyas historias célebres, contadas una y otra vez una generación tras otra, están camufladas en la memoria universal.

Quisiera hablar de El hombre invisible, publicada en 1897. Griffin, un científico abrumado por su trabajo insustancial, se hace invisible merced a un líquido especial. Pero su idea, que parecía en principio fabulosa, es una pesadilla: Griffin debe andar desnudo —su ropa, como es natural, se ve—, agarra resfriados, deja de comer —la comida, descendiendo por su esófago, también se ve— y al cabo enfurece y decide flagelar al mundo entero. Ocurren numerosos incidentes hasta que, tras contarle su historia a otro científico, Griffin atestigua las repercusiones de su experimento.

Dejaré su trama a un costado y me concentraré en un elemento preciso: su voz narrativa, quien cuenta el relato. Porque es ahí, en esa elección, donde Wells se juega su pellejo y su honra literaria.

La historia es narrada por una tercera persona, cuya identidad se ignora. Parece un investigador o un periodista, quizás otro científico. En todo caso, es alguien que recoge las historias de quienes se topan con el hombre invisible, en estricto orden cronológico. De modo que su narración, más o menos objetiva, está restringida a esos testimonios, limitada al registro —elegante y cómico, como es el registro de Wells—. No irrumpe en los pensamientos del hombre invisible o de alguien más. Mira desde afuera: planeando como el águila.

Pero hacia el final de El hombre invisible, de súbito, el narrador anota un detalle que no se corresponde en absoluto con su labor de mero recuento. El coronel Adye, uno de los perseguidores de Griffin, está saliendo de una casa, y en cuanto da unos pasos fuera detecta la presencia del hombre invisible. Griffin lo reduce, le arrebata su revólver y le apunta. Entonces el narrador cuenta esto: “[El coronel Adye] alejó su mirada del cañón del revólver y oteó el mar allá lejos, muy azul y oscuro bajo el sol de mediodía, el suave verde en los bajos, el acantilado blanco de Head y el pueblo multitudinario, y de pronto supo que la vida era muy dulce”.

Es probable que, quien le hubiera contado este episodio al narrador, hubiera visto también la dirección de la mirada del coronel Adye y hubiera concluido, con algún rango de error, que estaba mirando el mar, el acantilado, el pueblo. El narrador, en su papel objetivo, lo anotó así. ¿Pero cómo consiguió saber, en cambio, aquello que menciona en las palabras subrayadas? ¿Cómo pudo saber que el coronel Adye fue consciente, en ese instante, de que la vida era dulce?

No hay modo de saberlo. El narrador mantiene su fuente en secreto y es imposible que hubiera conocido la historia de boca del propio coronel Adye puesto que, segundos después, Griffin lo asesina. Parece, a todas luces, un error de cálculo de Wells, un traspaso de sus límites íntimos. De hecho, un capítulo atrás, al carecer de testimonios sobre Griffin en un lapso determinado, el narrador se limita a tantear hipótesis. Aquí, en contraste, arrasa con toda restricción y accede sin trabas a la cabeza del coronel Adye. El narrador, por un descuido, se pulveriza.

¿Pero se trata de una tragedia? ¿Colapsó entera la novela y hay que cerrarla con un estampido de hojas y arrojarla al fuego de la chimenea, o a la estufa caldeada, enfurecidos por el tropiezo decimonónico de un escritor inglés?

No.

Si bien es un error, su efecto es asombroso. Hasta entonces, constreñido por su labor, el narrador se había entregado con devoción a hilar un evento tras otro, pese a algunas luces fugaces de cinismo, con un tono casi frío. Pero este episodio —recuerdo: cerca del final— es distinto: el lector presencia por primera vez el asesinato de un hombre a manos de Griffin. Es la exacerbación de su locura. Y al asaltar la cabeza del coronel Adye, al anotar que vio la dulzura de su existencia en las cosas que pasan y se hunden, Wells convierte el episodio —a voluntad o por error— en una tragedia conmovedora, incluso épica, una catástrofe doméstica que retumba en el oído de los mundos, una catástrofe donde, más que el disparo del asesino, se distingue la melancolía del coronel en agonía, el pobre coronel en agonía, porque quien ha visto la belleza no merece morir tan pronto.

¿O murió quizás justo por encontrar —al azar, como siempre— la belleza? ¿Ocurre con el coronel Adye como ocurre con Griffin: la iluminación de una sabiduría superior —la invisibilidad o la dulzura, da igual— lo echa a pique?

Un error en el mecanismo despertó piezas que parecían adormecidas. Y si trajo belleza y nobleza y preguntas al relato, ¿sigue siendo un error? ¿O se trata más bien de una transgresión accidental que, por el tamaño de su efecto inesperado, por la experiencia estética que provee, es excusable? Propongo olvidar su transgresión y aprovechar los gozos del yerro. Quisiera modificar mis términos: no es un error, sino una alteración afortunada, una alteración de la regularidad del relato que, lejos de estropear, realza. Es como un nudo oscuro y vital sobre una placa de madera clara, como una flor azul en un árbol de flores rojizas. Es la entrada discreta a otra dimensión.

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