El Espectador, 123 años...

Los lectores múltiples de El Espectador celebramos el 23 de marzo sus 123 años. Quienes nos hemos hecho octogenarios leyéndolo día a día aún sonreímos recordando “Los Monos” y el “Magazín dominical”.

Mucha agua y locomotoras —para citar al poeta Luis Tejada, uno de los cronistas legendarios del periódico, recordado en esta efeméride (junto a Barba Jacob, González Toledo, García Márquez, etc.)— han corrido debajo de estos puentes en estos 123 años.

En estos 123 años Colombia ha navegado a la deriva y El Espectador ha sido su brújula. Por serlo, ha tenido que pagar su cuota de sangre y desolación una y otra vez (en el ostracismo de la Regeneración, en los incendios y cierres de los cincuenta, en los ataques de la mafia en los ochenta, en la desidia de los negocios en los noventa…). A pesar de todo, muchos hemos sido fieles lectores y vivimos para contarlo. En este día de celebración, El Espectador nos trajo como recuerdo tres crónicas alrededor de tres sublimes personajes: Luis Tejada, Zalamea Borda y Ricardo Rendón.

Tendría yo cinco o seis años cuando veía de reojo, por encima de la mirada inquisidora de mi abuelo (un viejo liberal que se sentía orgulloso de haber votado por el último presidente liberal del siglo XIX, el doctor Zaldúa) las caricaturas. Llevaba ya el hábito de la primera comunión cuando me anunciaron que mi padre había muerto en un choque con la policía en la zona bananera. Vestía ya pantalones largos, cuado leía en los tableros de tiza en el balcón de El Espectador en la Avenida Jiménez, las últimas noticias, entre ellas el fin de la guerra en Europa. Sí, eran años vertiginosos, como lo recuerda Lino Gil, tiempos de “bohemia en los periódicos, en los cafés y especialmente en las pequeñas tabernas o tenderetes de poca ocurrencia”.

Trabajaba ya en una droguería en provincia como dependiente cuando mataron a Gaitán y lo leí de boca de González Toledo —el inventor de la crónica roja como dice García Márquez. Portaba ya un anillo en mi mano derecha cuando El Espectador se convirtió por un tiempo en El Independiente. Pesaba ya ciento veinte kilos cuando Klim se refugió en El Espectador. Tenía ya la barba blanca cuando tuve que exiliarme por unos años en Europa y de vez en cuando algún amigo traía un ejemplar del “Magazín dominical” que yo devoraba con impaciencia. Y ahora, de vuelta en mi pueblo natal, después de miles de ediciones, le escribo por primera vez a este viejo amor de todos mis tiempos. En todos esos años agridulces, nunca me separé. Y me parece mentira que sea la primera vez.

Sí, los años pasaron de largo y yo me fui haciendo viejo sin darme cuenta. Y lo peor es que mi vida se fue llenando de boronas y nunca pasé cuatro años a bordo de mí mismo, para parafrasear a Zalamea Borda. Por fortuna, como decía Borges, “que otros se enorgullezcan de lo que han escrito, yo me siento orgulloso de lo que he leído”, sobre todo en El Espectador.

 Juan Téllez González. Santander.

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