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El espejismo del poder

Juan Manuel Ospina

08 de enero de 2014 - 06:00 p. m.

¿Qué tienen en común el Papa Francisco y el Presidente Mujica del Uruguay, señalados en el ritual de fin de año como “personajes del año”?

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Ambos provienen, como dijo Bergoglio el día de su elección papal, “del fin del mundo”, del Cono Sur latinoamericano; son coetáneos, hijos de una época  tercermundista de grandes debates, de combates encarnizados con ideas y balas, preñada de dogmatismos y de sueños. El uno guerrillero, el otro cura jesuita.

Más allá de esas afinidades existenciales, ambos comparten una actitud, una vivencia del poder que impacta en el mundo de hoy. Impacta  en estos tiempos donde reina el manejo de imagen  y el “rating” es amo y señor; tiempos de culto a lo inmediato, cuando las convicciones le cedieron el puesto a los  sondeos de opinión;  donde ya no se conversa ni  se discute pues la comunicación, fundamento de la vida social y de la condición humana, ya no están al servicio de discutir   para comprender la realidad y sus posibilidades, para convocar, para avanzar en crecimiento humano, sino para aumentar el rating, la aceptación en las encuestas.

Tanto Bergoglio como Mujica, ejercen un poder, podría decirse que de ellos  emana, caracterizado por su  sencillez y claridad. Un poder sin ostentación, sin aparatajes ni parafernalias con las correspondientes cortes de servidores y de áulicos,  donde en Colombia se destacan los escoltas que intimidan a la gente y  que literalmente esconden al poderoso, mandando un mensaje de fuerza. Recordemos a compatriotas muy distinguidos que cuentan con un pequeño ejército de  más de medio millar de funcionarios públicos solo para cuidarlos; o a las decenas de colombianos que “fueron importantes” pero que hoy ya no lo son (así es la vida…), pero que cuentan  con esquemas de seguridad como si todavía lo fueran. Comparémoslos con el viejo Volkswagon de Mujica y el R4  papal. Sí,  Colombia es un país inseguro y no solo para  “los importantes”, pero ello no amerita las caravanas de carros y las guardias pretorianas que los rodean.

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Los rodean, a ambos, la sencillez que enaltece y dignifica, que de verdad genera respeto,  no temor; solo ella  permite que el dirigente sea percibido  como una persona que es de verdad humana, sincero y veraz. De ello nace el  respeto ciudadano al dirigente que tiene su fortaleza  en su humanidad,  irradiada desde su interior y no desde el aparataje que lo rodea con el propósito de “inflarlo” en su importancia personal y en su poder,  que es un poder  maquillado, artificial  y  por ello mismo  propenso a la arbitrariedad.

Bergoglio y Mujica también están rodeados y protegidos pero por su fuerza humana, que brota  da  su humanidad, de su capacidad para escuchar y comprender, para “ponerse en los zapatos del otro” y, eso sí,  decidir y jugársela  luego de escuchar atentamente  a ese otro. Deciden, no al impulso de la encuesta,  del capricho personal o de la soberbia - el pecado mortal del poderoso - sino de la convicción, hija  de la discusión y de la reflexión serena e  impregnada de la humildad que exige la verdadera democracia; ambos líderes se toman su tiempo para decidir pues su propósito no es  contentar o apaciguar ánimos sino transformar realidades. Lo hacen sin arrogancia y luego de escuchar, y mucho, para que  sus decisiones estén conformes con la realidad y las necesidades sociales. S trata de un necesario  oportunismo  basado en un claro sentido de la oportunidad, que tienen ambos líderes  latinoamericanos, quienes lo aprovechan para sacar adelante sus proyectos.

Son finalmente, auténticos en su vivir; no son de los que predican y no aplican. Están por encima de la vanidad y el derroche que carcomen hoy a los dirigentes, a  “los personajes” como los denominan los encargados de su parafernalia de seguridad.  Sus viviendas, su vestir, su alimentación son testimonios contundentes de su sencillez, de su humanidad. No necesitan de esos signos exteriores engañosos para consolidar su poder, su autoridad. Su forma de vida  está en las antípodas, desde siempre de  “la vanidad de vanidades…”, otorgándoles   valía e importancia como personas. El mundo sabe que eso es así,  tolera  la falacia de lo vigente pero al destacar  las personas del Papa y del Presidente uruguayo, lanza una pequeña señal de que entiende que son ellos los representantes del verdadero  poder  hoy  más necesario que nunca, pero que en estos tiempos está bien pero bien escaso. 

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