Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras que en Afganistán y Pakistán ya se han desatado las guerras civiles, el terrorismo islámico, los bombardeos, los ataques a convoyes y siguen pululando los campos de entrenamiento de jihadistas en la frontera común, hay una zona vecina donde a pesar de la aparente calma, por debajo de la superficie y ocasionalmente por encima, ya están fermentándose graves conflictos con profundas implicaciones geopolíticas.
Es en la zona de Asia Central, ocupada por Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Kazakstán, que se prepara para un nuevo protagonismo.
Este se deriva de las gigantescas reservas de gas natural y petróleo existentes en la región, de su rol actual en la guerra de Afganistán, donde Uzbekistán y Kirguistán sirven de bases a los ejércitos de la OTAN, de sus extensos cultivos de algodón, de sus minas de oro y uranio, y de su privilegiada posición geoestratégica en la “guerra” de los oleoductos.
Región que sufre obcecadas insurgencias islámicas que luchan contra sus regímenes dictatoriales encabezados por exóticos personajes. Desde el fin de la Unión Soviética estos países han sufrido cruentas guerras civiles, golpes de Estado, duplicidad de gobiernos, economías deprimidas, altísimo desempleo y una gran fragilidad institucional.
China, Estados Unidos, Rusia, Alemania, India, el Reino Unido y en menor escala Turquía e Irán, se encandilan con el gas y el petróleo, ignorando severas violaciones a los Derechos Humanos, una rampante corrupción, fronteras porosas y un boyante tráfico de heroína que desde Afganistán cruza por estas comarcas con destino a la mafia rusa.
Como dice la revista alemana Der Spiegel, “ha vuelto el gran juego” a la zona, que no es más que un siniestro complot entre las potencias, cada una por su lado y los dictadores para saquear los recursos energéticos, en un conocido esquema, del que la población local no se beneficia.
Sin embargo, en alguno de estos países podría también caer la primera ficha del dominó, es decir, la caída del gobierno y el ascenso de grupos islámicos antioccidentales al poder.
Por lo anterior Rusia, China y Estados Unidos, los tres grandes, que padecen cada uno por su lado, encarnizados conflictos con el islam radical y poseen considerable presencia en esta zona, se la jugarán toda con los dictadores, pues son ellos quienes garantizan sus intereses.