Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace dos años el nombre casi desconocido de Sam Savage saltó a las primeras planas de las secciones literarias de varios periódicos en el mundo.
Su fotografía lo hacía ver como un sobreviviente de los gloriosos sesenta que se hubiese quedado estancado en el tiempo. Salvo su pelo gris, su aspecto era el un hippie redomado capaz de renunciar a las gabelas de la fama. Su primera novela, Firmin, fue una estupenda manera de conocer a Savage. La suya es una tremenda fábula sobre la lectura y el placer de leer libros con un entrañable personaje que no es otra cosa que una rata.
Ahora, hace apenas unos meses, la segunda novela publicada de Savage ha llegado traducida al país. El lamento del perezoso es una de las más divertidas y disparatadas novelas que he leído sobre la escritura; sobre el tedio de querer ser escritor y no conseguirlo; sobre la vida en ese oficio que tantos egos y tantas pasiones produce en los pequeños círculos de iniciados.
Andy Whittaker, su protagonista, es convincente de la primera a la última página. La vida de este hombre es un desierto en el cual se apilan las cajas y el desorden en su vieja casa. Su mujer lo ha dejado por otro escritor; sus amigos lo han olvidado; su revista, un fanzine llamado Soap, está a punto de quebrar y, lo peor de todo, su escritura consiste en lo que es, en verdad, este libro: cientos de cartas, listas de mercado y fragmentos de novela escritas por un hombre cercado por el fracaso y la derrota. Un hombre gordo que intenta vivir los días buscando el camino de la salvación a través de proyectos que no se llevarán a cabo. Un inmenso personaje que deambula de un lado a otro sin ningún norte, como un oso perezoso rezongando sobre las ramas de los árboles y que nos regala, a sus lectores, este estupendo libro epistolar en el cual el humor y la rabia se trenzan en una escritura llena de ironía sobre la soledad que entraña el acto de escribir.
El lamento del perezoso, Sam Savage, Seix Barral.
