Por: Ismael Roldán

El fenómeno de Íngrid

¿POR QUÉ ÍNGRID LES HA LLEGADO tan hondo a los colombianos? ¿Por qué este furor globalizado? ¿Cómo puede lo individual proyectarse en lo social? Creo que si ubicamos a Íngrid en la memoria colectiva y en los códigos culturales, se puede entender este fenómeno.

La verdad, como lo explica Elizabeth Jelin sobre la recuperación de la memoria en Argentina, “nunca estamos solos”; uno no recuerda sino con la ayuda de otros y con los códigos culturales compartidos, incluso en las memorias personales.

Íngrid consigue interpelar a la sociedad, a las necesidades y los valores de los colombianos y me atrevo a decir que va más allá, hacia la sociedad global, dada la confluencia en ella de varios elementos. Por un lado, era ya una figura pública establecida alrededor de ideales de valor y arrojo, lo que rompía con el estereotipo general de la fragilidad femenina. Por el otro, en su liberación recogió el sentimiento de rechazo de los colombianos a las Farc y apuntaló una de las convicciones más generalizadas: el logro de Álvaro Uribe en este campo: “Es que la reelección fue importante porque siempre las Farc habían jugado a que en el siguiente período presidencial vendría un presidente más blando”. Uribe también representa en el actual momento internacional a un hombre en lucha contra el terrorismo, en lo que lo acompañan los Estados Unidos y Europa. Es, pues, más que una figura local.

Íngrid es la imagen personificada, la encarnación del sufrimiento y el dolor de los colombianos frente a la violencia. Lo que muchos han sentido o experimentado durante estos largos años. Pero al mismo tiempo, reafirma valores universales como la gratitud, la compasión, la solidaridad, la pertenencia, el amor a la libertad y también la muerte: “Yo no era enemiga del rescate armado, porque preferible morir y volver a sentir la sensación de libertad, así fuera por un segundo”. Íngrid expresa su gratitud y reconocimiento al suboficial y enfermero del Ejército colombiano que la acompañó cuando ella sentía que agonizaba en su cautiverio. En él encontró al compañero que le hablaba, le suministraba los medicamentos, le daba ánimo, la ayudó a salir adelante tanto en lo físico como en lo psicológico y lo espiritual. Esto se asemeja mucho a testimonios de los campos nazis de concentración, gran símbolo del mal contemporáneo. Elizabeth Jelin (¿De qué hablamos cuando hablamos de memorias?) trae a cuento el relato de Jorge Semprún en el campo de Buchenwald, cuando Semprún encuentra a Maurice Halbwachs, su profesor de la Sorbona, que está agonizando en el campo. Deposita en él los  “restos” de su condición humana, visitándolo, hablándole, acompañándolo en su agonía. Cincuenta años después, Semprún lo incorpora a su memoria y junta las dos, la individual y la colectiva: “Todos nosotros, que íbamos a morir, habíamos escogido la fraternidad de esta muerte por amor a la libertad.  Eso es lo que me enseñaba la mirada de Maurice Halbwachs, agonizando”. (Semprún, 1997:37).

Íngrid es, también, el ícono de la víctima en un país que tiene miles de ellas que buscan voz y reconocimiento como nunca antes lo habían hecho. Los medios de comunicación fueron el instrumento para masificar, no sólo lo peculiar y extraordinario de su liberación, sino ante todo que miles o millones le colocaran un rostro conocido al sufrimiento. Íngrid puede volverse así, un símbolo de ese dolor que ha padecido el pueblo colombiano. Además, es una víctima empoderada, que no queda atrapada en el papel de víctima, sino que transforma el sufrimiento en esperanza. En esperanza por la paz.

* Médico psiquiatra

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