Por: Juan Manuel Ospina

El fracaso de la URSS y el renacer de Rusia

Asomarse a Rusia permite entender elementos de la condición o naturaleza humana que son válidos para analizar otras realidades humanas y sociales, empezando por la colombiana. Pero empecemos por Rusia.

El hecho trascendental es que resurge la Rusia histórica después de más de seis décadas de un régimen que con mano de hierro y un proyecto y discurso político radical, racionalista y excluyente, destilado del racionalismo occidental, buscó destruir toda huella de la herencia del pasado ruso, de sus tradiciones e historia, de sus campesinos y sus comunidades, de su espíritu y sensibilidad religiosa, de su asombrosa creatividad en literatura, en música y pintura; en fin de la diversidad de pueblos que con sus propias entidades fueron conformando esa nación-continente, a caballo entre Europa y Asia. Ese resurgimiento indicó claramente que las fuerzas profundas y no creadas que están en el corazón, en la esencia del ser humano, fueron más fuertes, más determinantes, que una obra de creación humana que pretendía cambiar esa naturaleza. Fuerzas profundas, que no son creación de la razón humana sino fruto de nuestra historia natural como especie y de las particularidades que en el transcurso de nuestra historia social fueron conformando a las diferentes culturas y nacionalidades, a su cuerpo de creencias y a su organización social.

Hoy en Rusia está más vivo que nunca el trípode de la conciencia nacional, de las creencias religiosas musulmanas y cristianas ortodoxas, y de la familia como núcleo social básico, mientras que del grandioso proyecto racionalista soviético nada queda. Rusia retoma hilos vitales que habían sido segados por la Revolución de Octubre al recuperar su senda histórica y su naturaleza, dejando atrás el armazón racionalista que, siendo exterior a esa realidad, le quisieron imponer durante más de seis décadas. El error histórico de Gorbachov, el indiscutible pionero de un cambio que reclamaba a gritos la sociedad soviética, fue no valorar la fuerza de esas realidades profundas, que una vez liberadas de sus ataduras por su política de apertura, el glásnost, reaparecieron con un vigor insospechado y de un plumazo dieron al traste con el sueño que a sangre y fuego persiguió Stalin de borrar las identidades nacionales para crear el nuevo hombre, “el hombre soviético”. Igual suerte corrió la pretensión de reemplazar a la familia por el Estado en las tareas fundamentales de crianza de los hijos y de ser el espacio físico y emocional de la vida privada, que como tal debería desaparecer en un mundo dominado por lo social y la omnipresencia del Estado; la familia, desde antes de Gorbachov, había vuelto a ocupar un lugar central en la vida social y personal rusa. Finalmente, un Estado militantemente ateo fracasó en su intento de borrar el sentimiento religioso, como lo atestigua un reverdecer religioso de cepa cristiana ortodoxa e islámica.

¿Y todas estas realidades qué tienen que ver con Colombia? Mientras conocía Rusia, acá se celebraba más de siglo y medio de creación del Partido Conservador, que me atrevo a decir pasó desapercibido, signo inequívoco de su continuado distanciamiento de los ciudadanos y de sus aspiraciones e inquietudes, al haber quedado reducido a servir a los intereses electorales de sus congresistas, diputados y concejales, invirtiéndose con ello el orden lógico anterior cuando estaban al servicio de las políticas y campañas del partido; el Partido Conservador quedó reducido a ser paraguas protector de las microempresas de los distintos candidatos que solo le solicitan el necesario aval. Lo de Rusia hoy, con su clara connotación conservadora, me hace pensar, en la línea de lo que decía Álvaro Gómez, que “el partido ha sido más concepción del mundo que partido. En ocasiones no ha sido sino un mero talante”. Teniendo presentes las enseñanzas rusas, proporcionan los elementos fundamentales para alimentar la necesaria reflexión que como tarea inaplazable debería adelantar un conservatismo urgido de construir una perspectiva de futuro, cumpliendo ante todo con la tarea descrita por Gómez, de encarnar una concepción del mundo, sin la cual continuará su decadencia y creciente irrelevancia.

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