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Si usted le pregunta a un economista cuál es el más grande desafío que tiene el país, seguramente le va a responder que será volver a crecer a por lo menos un 4 % por año, para lo cual será necesario incrementar la tasa de inversión, manteniendo bajo un estricto control las finanzas públicas. Si le preguntamos a un jurista, nos dirá que lo más importante será la reforma a la justicia; si interrogamos a un ambientalista, la respuesta será parar la deforestación y la generación de energía no renovable. Sin duda, estos y otros objetivos son muy importantes, pero me atrevo a afirmar que hay algo mucho más hondo, más recóndito, que afecta transversalmente a todos los sectores y personas.
Ese gran desafío es construir una narrativa o un relato que nos una como comunidad, que unifique voluntades, que nos cuente qué somos, de dónde venimos y que nos diga hacia donde vamos. Un relato que unifique a todos los colombianos, a hombres y a mujeres, a ricos y a pobres, a costeños, a paisas y a pastusos, a jóvenes y personas mayores. En palabras de Benedict Anderson, necesitamos un relato compartido, aunque sea mínimo, convocante y optimista, de nuestra “comunidad imaginada,” por encima de nuestra situación social, económica, de género, regional o étnica.
Por supuesto, alcanzarlo no será fácil. Al contrario, muy complejo, pero tenemos que intentarlo, reconociendo que será cada vez más difícil lograrlo. Por varias razones. Primero, porque según algunos historiadores nunca lo hemos tenido. Quizás esa sea la principal conclusión del último libro de Jorge Orlando Melo cuando afirma que en Colombia hemos tenido país, pero no nación. Segundo, porque en todos los países del mundo, por la revolución de las tecnologías de la información y las comunicaciones, las relaciones sociales se fragmentan cada día más, se vuelven horizonaltes, se crean múltiples centros de identidades, a expensas de una gran identidad general. Tercero, porque, unido a lo anterior, hay una desacralización de toda autoridad, las antiguas potestades han perdido poder, muchas decisiones se toman fuera de la órbita del Estado-nación y, en palabras de Moisés Naím, el poder “es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder.” Cuarto, porque, por efecto de las misma revolución de las tecnologías de la información y de las comunicaciones, el territorio, ya sea nacional o local, también ha dejado de tener la centralidad que tenía antes. Hay muchos demos, quizá una Torre de Babel, sin un ágora o espacio central de comunicación, diálogo y deliberación sobre los asuntos comunes. Y eso es grave, porque sin ágora no hay demos y sin pueblo no hay democracia, ni tampoco nación.
El gran desafío que tenemos, entonces, es crear las condiciones para un gran diálogo y deliberación sobre ese relato que nos identifique a todos como colombianos por encima de nuestras diferencias. Por la vía negativa, necesitamos esa ágora para enfrentar el relato alternativo que busca, no unirnos, sino enfrentarnos, ese relato que concibe a la política en términos de amigos y enemigos, pueblo versus élite, ellos y nosotros. Es el relato del populismo, que tantos avances ha logrado y tanto daño está haciendo en muchas partes del mundo.
De esta forma, hay muchos argumentos para afirmar que un relato de unidad nacional no excluyente, que convoque a todos, en medio de nuestras diferencias, es nuestro gran desafío.
