Por: Eduardo Barajas Sandoval

El invierno inevitable de Robert Mugabe

Contra la esperanza de los estudiantes que admiramos su salida apoteósica de Lancaster House, tras la firma de los acuerdos que marcaron en 1980 la independencia de Rodesia, para convertirse en Zimbabue, Robert Mugabe ha hecho desde entonces el curso completo de los autócratas. 

Después de darle forma a un nuevo Estado, el antiguo maestro de escuela, y aclamado líder de la independencia, comenzó a perder el rumbo cuando, en un exceso de radicalismo, después de perder un referendo, quiso devolver el reloj de la historia en contra de los africanos blancos, cuya expropiación y destierro ayudó a dar al traste con la economía nacional. Más tarde, cuando perdió una elección, terminó por compartir por un tiempo el gobierno con su competidor, Morgan Tsvangirai, y argumentó que solo los dioses podrían removerlo del poder, donde se volvió a quedar solo, en alarde típico de magia y fuerza.

A los 93 años de edad, el carismático líder de otras épocas abusa ahora del respeto debido en su cultura a los mayores, y se niega a dejar el poder, aun después de haber sido despojado de la jefatura de su partido y a pesar del apoyo popular a un movimiento de los militares criados por él, que quieren, más o menos por las buenas, que se retire. 

Las fórmulas de ejercicio del poder de los dominadores absolutistas difieren solamente en las dosis de sus ingredientes; y aunque crean lo contrario, su longevidad les hace más daño que provecho a las naciones que someten a su voluntad.

Un acentuado sentido de la superioridad, y la creencia de que los demás son incapaces de decidir sobre su propio destino, lleva a que los déspotas consideren aceptable al que crea en ellos ciegamente y encuentren reprochable a quien pretenda dar muestras de autonomía. La exacerbación de esos sentimientos significa el sacrificio de la libertad de tantas generaciones cuantas alcancen a vivir bajo su “inspirado” mandato. 

Lo anterior no significa que sean siempre felices, porque suelen llevar en el alma una cierta sensación de sacrificio, de la cual creen, con tristeza, que solamente los puede rescatar la muerte. Entonces disfrutan y sufren con el reconocimiento y las exaltaciones, que les hacen falta, así sepan, como nadie, que a todo jefe siempre hay quien le atribuya y le reconozca méritos excepcionales, aunque el reconocimiento sea fruto del temor, la conveniencia o la hipocresía propia de la condición humana. 

En el ejercicio del mando suelen oscilar entre épocas de inspiración y pasajes tremendos de desolación y abandono. También entre períodos de confianza en su equipo y otros de sospecha aun de sus mejores amigos. A veces se sienten directores de orquesta e inventan partituras, o aprovechan las que otros escriben para adivinarles el pensamiento, para pasar luego a periodos de refugio en su propia genialidad, y se dedican a tocar al oído. 

El temor a la muerte prematura, o a la “injusticia” de su sacrificio anticipado, les lleva a protegerse en uso de su perspicacia y de la de todos aquellos que se suman a la aventura de sostenerlos en el poder, sea por convicción o por impotencia. Entonces montan el aparato de información más implacable y el de represión más agresivo que pueden. De manera que dejan abiertos los caminos hacia una especie de unanimismo siempre falaz, que se funda esencialmente en el miedo.

Pero no todo es movido por el horror y la fuerza bruta. También aparece la magia de la convicción y la credulidad. La fórmula esencial de la primacía que consiguen tiene que ver con el sistema de creencias y valores que llegan a construir, en forma tal que los sectores claves de su nación se conviertan en pilares y garantes de la vigencia del respectivo régimen. Y es precisamente en la solidez de ese sistema que se fundamenta su poder. 

Su visión del mundo, esto es de la historia, de la sociedad, de la economía, del Estado, de la fuerza, de las instituciones, de la educación, de las artes, de la nación y de las otras naciones, así como del papel de cada quién, se logra imponer como un contagio inevitable hasta que llega a dominar todos los escenarios. 

De allí sale un conjunto de creencias que se aclimata en las fuerzas militares y se extiende a las escuelas, las universidades, y los medios tradicionales de comunicación, que llega hasta las profundidades de la vida cotidiana, y cuenta con pregoneros que terminan por convencerse, y beneficiarse, de esa interpretación inequívoca de las cosas. Por lo demás, las purgas y las delaciones se encargan de conjurar cualquier disidencia. 

El apartarse de los cánones de la sociedad de naciones y la economía internacional se convierte en acto de “dignidad” y “heroísmo”. Siempre hay unos poderes extranjeros que resultan culpables de los males y los desatinos. Y la prédica de la superioridad del modelo interior, en el aislamiento, se convierte en consuelo. Así, en medio de la desolación y la ausencia de libertad, pasan su vida millones de ciudadanos que tienen que vivir convencidos de que pertenecen a la mejor sociedad posible, y no tienen derecho a expresar su voluntad política, pues eso le corresponde exclusivamente al iluminado jefe.

Cuando los gobernantes de estas características comprenden que lo único que no pueden derrotar es el paso del tiempo, concluyen que solo dentro de su familia existe alguien capaz de entender y prolongar el sentido de su dominio y la importancia de su legado, que consideran indispensable. Entonces terminan por potenciar a sus parientes, cuando no a sus cónyuges, como si el genio político del que se creen ungidos fuera cuestión genética, o se transmitiera por el camino del afecto, o del vínculo conyugal.

Precisamente, en el caso de Mugabe, la aventura de mover, en una purga sin piedad, todas las fichas posibles para abrirle paso hacia el poder a la graciosa Grace, su esposa, a costa de la remoción de Emmerson Mnangagwa, el heredero ampliamente aceptado dentro de su partido, logró una movilización militar, antes impensable, y una amplia congregación popular en reclamo del retiro de un jefe que pretende seguir gobernando, cuando no está dormido en las ceremonias oficiales. 

La aureola de luchador por la independencia, y la marca indeleble de padre de la patria, bastarían para que, consumada su obra, ya desde el profundo e inevitable invierno de su vida, Mugabe se retirara decorosamente, cuando todavía puede hacerlo. Pero no hay que olvidar que el último en abandonar las naves de los tiranos es su propio espíritu, cargado de esa ambición de dominio y esa sensación de indispensabilidad que solamente desaparecen con ellos. 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Eduardo Barajas Sandoval

El general educador

El despido de los guiñoles

Un relevo inaplazable

El retorno de Mahatir

Política exterior de facto