Por: Óscar Sevillano

El juego hipócrita de la izquierda en Bogotá

Los bogotanos deberíamos estar ocupados en buscarle solución a los problemas que hoy por hoy persisten en la ciudad capital, luego de cuatro años de robo a manos llenas a sus finanzas, sumados a los cuatro años siguientes donde reinó la pereza administrativa, junto a la indecisión y pocos aciertos de una administración que poco sabía de gestión pública.

Sin embargo, no es así, no porque no exista la voluntad, sino porque es tanta la intriga y la confusión que han sembrado quienes ejercen la oposición a la actual administración que solo un milagro podría poner las cosas en su lugar en la ciudad de Bogotá.

Hoy la ciudadanía debería estar preocupada por participar en las decisiones que se están tomando desde la Alcaldía Mayor de Bogotá en materia de movilidad, hábitat, medioambiente, inversión en temas sociales, educación, etc., mucho más que en seguirle el juego a la izquierda, que en medio de su nostalgia de poder burocrático busca retornar al Palacio de Liévano, para lo cual se han inventado una revocatoria de mandato, que en nada va a solucionar los problemas que ellos mismos le dejaron a la capital  mientras fueron gobierno.

La ciudad de Bogotá vive en medio del caos, en primer lugar porque durante ocho años no se invirtió en el mejoramiento de la infraestructura del sistema Transmilenio, ni se ampliaron las troncales; se dejó aumentar el déficit de vivienda; no se construyeron los suficientes colegios públicos, ni se planificó adecuadamente la implementación de la jornada única escolar; tampoco se trabajó en conjunto con la policía y la Fiscalía General de la Nación para perseguir el crimen organizado que se venía incubando desde mucho tiempo atrás en la capital.

Aún así, quienes fueron gobierno en ese entonces tienen el cinismo de exigir resultados, cuando lo que deberían hacer es pedirles perdón a los bogotanos por haberlos dejado en medio del desorden que difícilmente se podrá superar durante esta alcaldía.

La discusión en Bogotá no debería ser si Transmilenio o metro, porque ambas cosas se requieren para mejorar la movilidad. La diferencia es que el primero, hoy por hoy, es una realidad, la única que tiene la capital del país para transportar a la mayoría de sus ciudadanos. Lo otro es un proyecto que se tiene que hacer y que ya se está planificando, el problema es que, por muchas ganas que tengamos en Bogotá de estrenarlo, es necesario tener mucha, pero mucha paciencia, porque este sistema, por lo complejo que es, no se va a ejecutar de la noche a la mañana, ni elevado, ni mucho menos subterráneo.

La discusión en Bogotá no debería ser si se construye en medio de la reserva Thomas Van der Hammen, porque esto no depende del alcalde mayor de Bogotá, sino de la Corporación Autónoma Regional, quien tiene la última palabra. El debate con la ciudadanía debería concentrarse en cómo ejecutar acciones que enseñen al ciudadano a convivir con el medioambiente, sin tener que destruirle, porque en últimas quien se ha comportado de manera infame con las reservas naturales de la ciudad es el bogotano del común.

Esa hipocresía de la izquierda en Bogotá es lo que me cuesta aceptar porque, no contentos con ser los responsables de que la ciudad haya retrocedido unos diez años, ahora quieren posar de próceres y de sus salvadores.

Si la izquierda en Bogotá, en lugar de promover revocatorias que no la van a devolver al Palacio de Liévano como es su pretensión, generara propuestas y soluciones, incentivando a la ciudadanía a participar en las decisiones que toma la administración distrital, dando a conocer sus puntos de vista, utilizando los mecanismos de participación ciudadana, esta ciudad hoy se encontraría discutiendo los temas importantes y que le ayudarían a proyectarse con urbanismo moderno, respetando los derechos de sus habitantes, enseñándoles a convivir con el medioambiente.

Esas discusiones hipócritas de una izquierda nostálgica de poder no le hacen bien a la ciudad, y los bogotanos no debemos seguirles el juego, ni prestarnos a hacer parte de esa especie de patria boba en la que pretenden introducirnos para salirse con la suya, es decir, retornar a la administración distrital, para rehacer su clientela electoral.

Bogotá no se puede convertir en botín político de nadie, y hacerla respetar nos corresponde a sus ciudadanos. Por eso mi invitación es a no prestar atención a ese juego hipócrita del Polo Democrático y del petrismo en Bogotá, quienes ahora creen que tienen el derecho y la suficiente autoridad moral para decidir quién nos gobierna. Ni más faltaba.

Cambiando de tema, me da la impresión de que los miembros del Centro Democrático no se han dado cuenta de que las Farc ya se desmovilizaron.

@sevillanojarami

 

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