El lado humano de la pandemia

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En algunas ciudades del país las autoridades se quejan de la liviandad con que muchos ciudadanos asumen el riesgo generado por la pandemia. Debido a ello, las medidas de control policial y militar se han endurecido. El ascenso en el número de contagiados tiende a explicarse por la indisciplina social, aunque sabemos que una conjunción de factores de diversa índole incide en ello. Lo positivo de esto es que sitúa la dimensión humana de la epidemia en la discusión ciudadana.

Hace unas semanas el antropólogo italiano Umberto Pelleccia, un investigador con experiencia en la estrategia adoptada contra el ébola en África, afirmaba que “a nivel institucional existe la idea de que la epidemia debe ser tratada sólo a nivel clínico, legislativo o coercitivo, pero también hay una dimensión humanística en el conocimiento que resulta invaluable en el tiempo de cuarentena. Se trata de fortalecer a las comunidades, evitando imponer medidas sin dar voz a los ciudadanos”. Desde el aislamiento físico es posible observar que esta dimensión humanística ha estado en gran medida ausente en la respuesta estatal y ha sido sustituida por una especie de despotismo sanitario.

La historia nos muestra los errores gubernamentales ante estas emergencias, como los cometidos por la administración colonial británica en la epidemia que azotó a la India en 1897. Las medidas adoptadas entonces incluyeron búsquedas casa por casa de los enfermos, inspecciones físicas obligatorias, allanamientos de viviendas que podían albergar enfermos y la hospitalización forzada de millares de sospechosos de tener la enfermedad. A mayor represión, la desobediencia social fue en aumento y también el crecimiento geométrico del número de contagiados hasta alcanzar millones de muertes.

Nos hemos centrado en el individuo más que en la comunidad. Además, hemos tendido un biombo sobre las muertes causadas por el coronavirus. Estas se han reducido a la rutina de un boletín vespertino que se emite un poco antes de los indicadores económicos. De ser una ceremonia pública, la muerte ha pasado a ser un acto casi clandestino. Ello desconoce la naturaleza comunitaria de la muerte y la despoja de su mensaje de dolor y de peligro. Ha dicho el filósofo coreano Byung-Chul Han en su libro La desaparición de los rituales que estos transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad.

Es conveniente examinar cómo se transmiten las medidas oficiales de prevención y cómo son interpretadas de manera heterogénea por la ciudadanía. Ello se expresa visiblemente en el propio territorio urbano. Muchos asumen el pico y cédula como una inmunidad transitoria frente a la enfermedad. Olvidan que esta medida es solo una convención humana, una norma social no reconocida por el virus. Este no declara una tregua ni su capacidad de contagiarnos disminuye por causa de la voluntad de un ente estatal o del azar numérico.

La tarea pendiente es apoyarse en esa dimensión humanística para comprender las concepciones y prácticas de las sociedades locales frente a la fragilidad de la vida, el cuidado mutuo y acerca del miedo y la soledad. Antes que sucumbir a la discriminación, debemos entender cómo las condiciones sociales y económicas pueden marcar la diferencia en sus actitudes. No entender esto es caer en la tentación de etiquetar a los ciudadanos como rebeldes carentes de razón frente a las medidas sanitarias o, en el peor de los casos, como simples delincuentes.

wilderguerra@gmail.com

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