¿POR QUÉ EL MAR ES UN TEMA CASI ausente en la narrativa en castellano? Como lo señaló el famoso crítico Rafael Conte, el mar es el gran huérfano de la novela en español. Lo cual es cierto pero a la vez extraño, y lo es por varias razones.
En primer lugar, porque éste no es el caso de nuestra poesía. Al contrario: es difícil encontrar un poeta en castellano que no haya acudido, una y otra vez, al mar como un símbolo, una metáfora o una imagen para alimentar sus versos. En cambio, nuestra narrativa carece de una figura equivalente, digamos, a Joseph Conrad, Herman Melville, Ernest Hemingway o Patrick O’Brian. Hay excepciones, sin duda, y casi todas son recientes. Entre 1911 y 1931, por ejemplo, Pío Baroja publicó su tetralogía que tituló “El mar”: cuatro novelas que, según varios críticos, no han sorteado con éxito el paso del tiempo. Luego se han publicado novelas marinas escritas por maestros como Álvaro Mutis, Arturo Pérez-Reverte, Manuel } y Luis Sepúlveda. No obstante, esos libros parecen excepciones que confirman la regla.
Incluso en la obra de García Márquez, un autor famoso por su obsesión con el Caribe, el mar es una presencia constante pero casi remota, como un decorado de fondo que pocas veces explora a fondo, como sí lo hace, de manera magistral, en Relato de un náufrago. En cambio, la única vez en que sus personajes incursionan bajo las olas, en el cuento “El verano feliz de la señora Forbes”, se nota que éstos no saben lo que están haciendo y es uno de los pocos casos en que un relato suyo no constituye un triunfo literario. De hecho, el mar en la prosa en castellano se asemeja al océano que se roban las potencias extranjeras en El otoño del patriarca: un vacío inmenso.
Sin embargo, esa orfandad temática es extraña por otra razón. Casi todos los países en donde se habla español dan a un océano y en ocasiones a dos, como México y Colombia, y varios son islas del Caribe. Además, descendemos de culturas indígenas y de pueblos en las costas de África, pero también de una de las potencias marítimas más poderosas que se han visto en Occidente, que fue España. Aun así, el mar brilla por su ausencia en nuestra narrativa, y es insólito porque éste tiene un potencial sin límites, lleno de posibilidades estéticas y literarias, y constituye un teatro ideal para la aventura humana. Quizás nadie entendió esto mejor que Joseph Conrad. “El mar no es un elemento”, afirmó, “sino un escenario”.
En últimas, el mar es un mundo desconocido, y eso es lo más increíble. Sabemos mucho más del cosmos que de los océanos, pues desde que los hermanos Wright volaron en su primera aeronave hasta que Neil Armstrong caminó sobre la faz de la Luna, y se desarrolló toda la era de la aviación y la conquista del espacio, transcurrieron apenas 66 años. En cambio, el hombre está navegando los mares desde hace milenios y hasta ahora hemos explorado el 1 por ciento del fondo marino. Pocos saben por qué el mar es salado, o qué porcentaje del agua en el planeta es dulce, o por qué tenemos la misma proporción de agua en nuestro cuerpo que en la Tierra. En fin, como todo misterio, el mar se puede explorar desde varias miradas. Y la narrativa es una de ellas.