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MI TRATO CON EL HORROR EMPEZÓ muy temprano, hacia los dos años, cuando las sombras de la noche empezaron a dibujar en las paredes del cuarto lobos, brujas, viejitos, locos, cuchillos y otras lindezas.
La mano peluda hizo su aparición un año después de las sombras. Vivía debajo de la cama esperando que yo pegara el ojo para apretarme el pescuezo. Por eso aprendí a dormir con un ojo abierto, habilidad que me sería muy útil con el tiempo, cuando llegó el momento de dormir con el sexo opuesto (por esta vez, el adjetivo es elocuente). El ojo abierto, y pegar la cama contra la pared, me salvaron la vida.
Mi tercer contacto con el horror fue “la tía Jesusa”, una negra amiga de mamá. Aparecía de improviso con el baúl del “chivo”, enfundada en vestidos de colores y la “pasa” sujeta con una pañoleta innecesaria. Durante el día hablaba con mamá de cosas pasadas pero en las noches los niños le hacíamos corro para oírla contar las fábulas de la pata sola, la llorona, el duende y las ánimas. En ese tiempo la luz eléctrica se iba con frecuencia, de manera que el performance de Jesusa se realizaba a la luz de las velas. Era extraordinario ver su diente de oro brillando en la noche, con la cabeza y las manos inmóviles porque todo lo contaban sus ojos, que sabían entrecerrarse para el cálculo, desorbitarse en la ira, sesgarse en la malicia, elevarse en la piedad, cerrarse en el dolor. Después de la sesión, todos dormíamos con los dos ojos abiertos.
Mi cuarto contacto con el horror fue tremendo. Un niño me golpeó con una llave de pistón en el pómulo izquierdo y el ojo de ese lado se me puso rojo. El médico ordenó varias radiografías. Cuando me las mostró, con una sonrisa feliz porque no había fracturas, casi me muero: ¡Yo tenía adentro una calavera! ¡Qué clase de monstruo era yo? ¿Por qué nadie me lo había dicho? Que hubiera esqueletos en el mundo era demasiado, pero saber que dentro de mi cuerpo acechaba uno fue algo superior a mis nervios. Sobrellevaba los días con un estoicismo admirable para mis años pero las noches eran atroces. Era como dormir con otro, ¡con un muerto que se carcajeaba en silencio! La mano peluda era un enemigo externo, algo de lo que se podía huir, pero ¿cómo huir de uno mismo? Un psicólogo, un buen hombre, me explicó que el esqueleto era la estructura del cuerpo humano y lo comparó con el acero de los edificios. El símil no me tranquilizó. Por el contrario, envidié la grácil geometría de las varillas y llegué a la conclusión de que la fatiga del metal tenía una nobleza de la que carece la traidora osteoporosis.
Con el tiempo aprendí a vivir con el monstruo. Entré a la escuela y descubrí, entre otras cosas, que en el devónico unos sujetos excéntricos, los camarones, impusieron la moda de llevar el esqueleto por fuera, tendencia que pronto adoptaron todos los crustáceos y algunos insectos, como los escarabajos, especies que aún gozan de las ventajas que les proporciona esa armadura queratinosa y sólida. Claro que agradezco al estético Diseñador que se le ocurrió cubrir la nuestra con piel, pero todavía no me acostumbro del todo a mis huesos. Me molestan sus ruidos, su tétrico cloc-cloc y la certeza de saber que sobrevivirán muchos años a mi querida piel. Debe ser por eso que a veces tengo sobresaltos en la noche y me despierto bañado en sudor. Cuando duermo acompañado el cuadro es peor, ¡dos esqueletos yacentes en el mismo lecho es demasiado! Por eso sigo durmiendo con un ojo abierto, para vigilar al esqueleto que ronca a mi lado, y otro cerrado, para no perder de vista mi propio esqueleto. Ahora no sé qué es más horrible, si una mano peluda o unos huesos lampiños. ¡Que entre el Diablo y escoja!
