Por: Indalecio Dangond B.

El nuevo Minagricultura

¿Se imaginan al Ministerio de Agricultura sin tantos viceministerios, direcciones y jefaturas, y que, en lugar de dedicarse a tramitar diariamente recursos de ayudas y subsidios —entregados con criterio político—, se dedicara a desarrollar políticas de fomento para la productividad y competitividad del sector agropecuario?  

Esta propuesta puede parecer apresurada, pero no lo es. Si la mayoría de las organizaciones del mundo están siendo dirigidas por equipos estratégicos descartando las jefaturas dentro de su estructura organizacional —como lo hicieron Apple y Amazon—, ¿por qué no aplicar la misma estrategia para nuestras entidades públicas?

La política del nuevo Ministerio de Agricultura tiene que ser una política de acompañamiento y de cooperación con el sector gremial y empresarial. Que favorezca la gestión, pero no gestione directamente. Que provea servicios de información, formación y financiación, y que comparta riesgos, pero no los sustituya.  

La cartera del agro no debe seguir administrando instrumentos de subsidios que no han tenido ningún impacto importante en la productividad del campo y en la protección de la renta de los productores. Debería dedicarse a diseñar esquemas ágiles de coberturas de precios y climáticos que aseguren riesgos y no siniestros. Debe consagrarse a diseñar líneas de créditos básicas de financiación que se adapten a las necesidades de capital de trabajo e inversión de los productores del campo para que sustituyan los instrumentos estandarizados que Finagro y el Banco Agrario están ofreciendo hace 27 años.

El nuevo Ministerio de Agricultura no debe seguir botando la plata en programas ineficientes de investigación y control fitosanitario. Debería diseñar una estrategia que fortalezca los centros de investigación gremiales para que mejoren el rendimiento de sus cultivos, introduzcan materiales más resistentes a las plagas e implementen métodos de producción eficientes dirigidos a mejorar la gestión del suelo y del agua.

La nueva cartera del agro no debe seguir administrando, por ejemplo, instrumentos ineficientes de incentivos forestales; debe crear mecanismos que incentiven la compensación del daño ambiental que puede generar la explotación agropecuaria. Si por cada 50 cabezas de ganado plantáramos tres hectáreas de árboles para ayudar a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que produce la ganadería, con el hato ganadero del país podríamos plantar 1,4 millones de hectáreas. Tres veces más de lo que se ha plantado en 30 años.

El nuevo Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural tampoco debe seguir administrando recursos para el servicio de asistencia técnica que ejecuta a través de corporaciones sin ánimo de lucro y alcaldías; debe dedicarse a diseñar e implementar programas de emprendimiento rural que proporcionen a los productores y jóvenes bachilleres de los 691 municipios rurales del país contenidos útiles que ellos puedan aplicar en la corrección de sus propias ineficiencias y en la solución de los problemas que ocurren en sus fincas y veredas.

La productividad de un país es el determinante de la riqueza y el mejoramiento en la calidad de vida de sus ciudadanos. Quienes más y mejor inviertan en el conocimiento y la innovación tienen mayores posibilidades de ocupar los mejores espacios en los mercados internacionales. Los errores del pasado sólo conducen al fracaso.

*Consultor en financiamiento agroindustrial.

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