El nuevo primer ministro libanés

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El presidente libanés Michel Aoun decidió nombrar al exministro de Educación y universitario Hassan Diab como primer ministro.

Este nuevo nombramiento, que requirió la aprobación mayoritaria de una legislatura de 128 miembros, espera ponerle fin a un periodo de incertidumbre política para formar un nuevo gobierno, así como a casi tres meses de protestas callejeras contra la élite política del país acusada por la ciudadanía de incompetencia y corrupción.

Apoyado por un grupo parlamentario abiertamente chiíta (Hezbollah, la Corriente patriótica Libre y Amal), el nuevo primer ministro se declaró así mismo como «independiente». En varias declaraciones emitidas entre el jueves y el viernes pasados, Diab les aseguró a los estudiantes y a los demás manifestantes que se encuentran en las calles, que sus reclamaciones están dándole una nueva oportunidad al Líbano e impidiendo la desintegración moral de la vida política.

Por lo menos desde octubre, las protestas callejeras en Beirut exigen la renuncia de la totalidad de la clase política y un mejor manejo de la economía nacional, lo que según los manifestantes podría lograrse con nombramientos de personal técnico y alejado de las formaciones partidistas tradicionales. El nombramiento de H. Diab es un mensaje fuerte para quienes desean ver un gobierno formado y administrado por personas capacitadas en la administración, que hagan funcionar las redes eléctricas, las carreteras, las escuelas y los servicios de salud.

El panorama económico poco esperanzador no explica, a mi modo de ver, la lógica política que hay tras el nuevo nombramiento. Ni el empleo, ni los servicios, ni la inversión extranjera van a reactivarse de la noche a la mañana en un país que atraviesa su peor crisis económica desde la guerra civil de 1975-1990, con una deuda pública cercana al 150% del PIB y donde el flujo de refugiados de todo el Medio Oriente hace difícil cualquier solución de largo plazo. Pienso que la misión primigenia de Diab al conformar un gobierno no es finalizar con la evidente anomia social, sino evitar una guerra inter-confesional que amenace la existencia misma del Estado libanés. En esa dirección deben interpretarse sus declaraciones favorables a los manifestantes.

En una sociedad polarizada por todos los problemas económicos y las inconformidades políticas mencionadas, el inicio de un conflicto religioso que altere los pactos y equilibrios confesionales sobre los que se construyó la democracia libanesa, puede significar el estallido de una nueva guerra civil que vendría a sumarse al ya difícil contexto político y militar del Mediterráneo oriental. Es la opción que el nuevo primer ministro debe excluir a toda costa. El desafío para conformar al nuevo gobierno será superar la base política chiíta que lo llevó al poder y adquirir el apoyo parlamentario sunita (así sea parcial), sin el cual el país podría caer fácilmente en la polarización confesional.

Es probable que cuando esta columna sea publicada ya conozcamos los perfiles del nuevo gabinete, y con ello, la orientación general que Hassan Diab le imprimirá a su gobierno. Amanecerá y veremos.

Feliz navidad para todas y todos mis lectores.

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