Por: Juan David Ochoa

El otro lado del círculo

Nepotismo, presos políticos, expropiación, especulación monetaria, megalomanía, paranoia, fanatismo.  Todos los males de la peste del poder usado por antiguos perseguidos que refuerzan los mismos métodos de sus viejos adversarios para sobreponerse en la historia, para no dejarse anular, para no ceder en un pulso de poder sin consensos. La tragedia de Venezuela no tiene matiz ni puntos diplomáticos; tocó el otro lado del círculo en que la izquierda envenenada alcanza la misma estela del vicio y la vulgaridad de su archienemiga histórica: la ultraderecha delincuencial.

Aunque los antecedentes de este punto límite del fósforo son largos y complejos como la misma política y la misma abstracción del significado nebuloso de la democracia, y aunque la oposición tenga el mismo tufo del viejo desprecio desde la orilla de la sumisión frente a las fuerzas del orden, fue el chavismo el que inició su carrera hasta el colapso desde el mismo día en que quiso alcanzar el canto de sirena de la perfección desde un modelo que ya tenía el cansancio histórico de sus otros ejemplos, muertos en el fracaso y junto a sus centenares de muertos por disidencia o traición a la pureza. 

Todos cayeron igual, derrotados por la propia espada del romanticismo. La democracia de repente les parecía demasiado tímida, demasiado laxa y permisiva y poco contundente y sin la altura de los grandes altruismos. Entonces los traidores fueron más, y los enemigos fueron agrandándose frente a los conceptos, y los fantasmas podían tener todas las versiones de la enemistad porque la perfecta armonía de la humanidad no tiene rarezas ni dobles raseros, ni ambigüedad. Es la pureza de la verdad o la muerte, la perfecta expresión de la revolución humana o el suicidio, el totalitarismo o ese frágil y enclenque modelo democrático donde cabe la confusión, ese espejismo donde se esconden los conspiradores.

Esa retórica de salvación, sumada en el tiempo de los esperanzados que creyeron por fin en algo concreto, dio la vuelta en el círculo del discurso y entró en los mismos marcos del fascismo con el otro color. La justicia les parecía a esas alturas muy imparcial para su gusto, muy sospechosa en la concesión de otras verdades, y demasiado independiente para confiar en el progreso de la redención. 

Después de la Constituyente del 30 de julio, el Palacio de Miraflores se blindó de todo consenso, justificó su desborde, y cerrará el parlamento con la decisión de una alta corte conformada por los hijos del plenipotenciario y por sus últimos guardias militares que sostienen el oficialismo contra todo juicio y toda votación. Y la fiscal general Luisa Ortega Díaz, la última voz pública de la ambigüedad, ya no tendrá el aval de una constitución que ha sido reevaluada para que todo reinicie y todo se reinvente sin los viejos poderes que podían impedir la elevación de sus certezas.

El final que se presiente es el mismo de sus viejas versiones derrumbadas: la implosión de su nubosidad, el fondo violento de una economía descompuesta y la última opción de quienes sienten que el lenguaje resulta inútil: la guerra civil. Puede ser que la historia no sea tan drástica, y Maduro decida fugarse del tiempo en alguno de los tantos aviones del Cartel de los Soles.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Ochoa

Lo fundamental y lo posible

Miedo de caníbales

César Gaviria

Historia de la perfidia

Encuestas