Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
NO SE LE HA DADO AÚN A LA DESCOMposición del DAS la importancia, tanto factual como simbólica, que tiene.
Siendo una agencia de seguridad directamente dependiente del Presidente, espió, siguió y hostilizó a la oposición legal, a periodistas y a la Corte Suprema de Justicia, entre otros, identificando cualquier atisbo no digamos ya de oposición, sino de frialdad frente a Uribe con un acto de traición al estado. En medio de esta febril actividad se produjeron hechos gravísimos y se planearon campañas de desprestigio y actos terroristas contra los supuestos enemigos del patrón. Hay evidencias que cada vez suenan más verosímiles de que el atentado contra el hoy candidato presidencial Germán Vargas fue cocinado en las ollas del DAS. Con perdón de Felipe Muñoz, el actual director de la entidad, si en una democracia esto no resulta “taquillero”, es que esa democracia merece morir. Yo de él no me lamentaría de la presión mediática y ciudadana. Sin aquella, la carcoma hubiera seguido avanzando sin freno.
Tanto en el debate sobre el DAS que tuvo lugar en el Congreso, como en uno vicepresidencial reciente, los amigos del Gobierno se defendieron con tres argumentos. El primero es que el DAS siempre se ha portado mal. “Cuando yo era sindicalista también me chuzaban”, exclamó, palabras más palabras menos, Angelino Garzón. El segundo es que el DAS también chuzó y agredió a altos funcionarios, incluyendo al mismísimo Presidente. El tercero es que sólo es en estos últimos ocho años que se han intentado resolver los problemas. Las tres réplicas tienen tanto de largo como de ancho, pero en lo que me queda de espacio me concentraré en la primera. Espero en algún futuro próximo poder comentar las otras dos.
No sé muy bien qué se pretende al acobijarse con el manto del pasado para defenderse de la acusación de malas prácticas. ¿Decir que porque otros las llevaban a cabo entonces resultan menos graves? Ese es un giro auténticamente santofimista. Cuando atacaban en la década de 1980 a Santofimio por actos de corrupción, éste no se esforzaba por probar que él no estaba manchado, sino que trataba de salpicar a los demás. Esa fue su herramienta preferida contra Galán. El santofimismo retrospectivo es todavía más cómodo. Como la historia de Colombia no es como un relajado paseo al río Pance —ninguna lo es, pero la nuestra tiene especificidades que nos atormentan—, resulta muy fácil sacar de la cantera de los vicios de nuestros hermanos mayores, padres o abuelos, ejemplos para justificar las miserias del presente. Pero de esa manera no llegaremos muy lejos. De hecho, es la ruta directa hacia la catástrofe moral.
Pero además la tesis de “lo mismo de siempre” es insostenible. Comenzando por el contexto. Hoy tenemos los diseños institucionales de 1991, una izquierda política legal electoralmente relevante y un importante fenómeno caudillista, factores ausentes en la época en que el buen Angelino aún era chuzable. Hasta donde sé, por ejemplo, el espionaje y la agresión a la Corte Suprema por parte de la agencia de seguridad de la Presidencia no tienen precedentes.
Es un poco deprimente ver cómo se intenta colonizar el pasado para justificar el delito. No hay que permitirlo.
