El perro y el tío

Noticias destacadas de Opinión

El 2 de junio se celebró el Día del Perro. Signo de los tiempos: el calendario está atestado de reconocimientos, santificaciones y simbolismos.

Sin embargo, no me tomaría a estas alturas a la ligera la celebración del Día del Perro. Entre otras cosas porque nos recuerda asuntos básicos sobre nosotros mismos. Claro: que somos material biológico. Y también que somos humanos en parte gracias a nuestra convivencia con otras formas de vida con las cuales hemos recorrido todo este trayecto de siglos, construyéndonos mutuamente. Así lo argumentó en su momento un gran pensador social, el arqueólogo australiano Gordon Childe: la humanidad dio el proverbial salto cualitativo cuando descubrió la agricultura, junto con la domesticación de los animales. Empezó a diversificar su acceso a diversas fuentes de calorías, y eso le dio márgenes cada vez más amplios para poblar el mundo —el gran criterio de progreso según Childe— y para construir edificios, aparatos y representaciones mentales.

Todo ello ocurrió en compañía de los animales. Sí: de perros y gatos. De vacas, ovejas y cabras. Pero también de otros igual de familiares pero que suscitan evocaciones menos amables: ratones, arañas, ratas, pulgas, murciélagos, cucarachas. Vecinos incómodos, pero omnipresentes en nuestra vida y nuestro discurso cotidianos. Me acuerdo de que cuando era chiquito un sacerdote bramaba contra “el sapo, el lagarto y el grillo de la concupiscencia”. Obtuvo en mí exactamente el resultado contrario del que buscaba: comencé a preguntarme qué tan interesante podía ser esa señora, la concupiscencia, si lograba tener como amigos a animales tan vistosos.

Pero divago. El punto es que, como en los matrimonios, esos animales —los domésticos y los no tanto— nos han acompañado en la salud y la enfermedad. Esa es una de las razones por las que pueden poblar nuestras pesadillas. El infierno de Bosch y el de Dante están llenos de animales. La zoonosis —que es el término técnico que se usa para referirse a la transmisión de afecciones de animales a humanos— ha sido parte íntima de nuestra historia. Ahora, la inevitable cercanía mutua de animales y humanos —y viceversa, como en el viejo chiste— ha encarnado una vez más en una catástrofe de dimensiones globales. No es la primera vez (piensen no más en la peste bubónica). Tampoco será la última.

Que esto sea así no es motivo para trivializar la crisis que estamos padeciendo, ni la estela de muerte que ella produce, como lo hizo recientemente, en su estilo patán y miserable, Jair Bolsonaro. Ni para burlarse de las necesarias medidas de seguridad que nos protegen a todos. Sino para entender bien cuáles de los cambios que ha generado esta crisis realmente tienen vocación de permanencia.

Por ejemplo, esta coyuntura del COVID-19 ha visibilizado dramáticamente que, como dijera el gran analista sueco de la desigualdad, Göran Therborn, “la desigualdad mata” —sobre todo en algunas de sus formas extremas—. Las catástrofes de Estados Unidos y Brasil así lo atestiguan. Así como el asesinato de George Floyd, que le hace a uno preguntarse cuántas víctimas produce allá el racismo homicida (no: en un país que genera números sobre todo, sintomáticamente no hay cifras sobre este particular). Allá y acá: porque en Colombia el elenco de matables es por desgracia mucho más amplio, y la sensibilidad pública frente a los episodios, menor. No más la semana pasada le dispararon con armas largas a varios campesinos y un afro murió después de una agresión policial. Pronto volveré sobre el asunto. Para protegernos, necesitaremos más equidad y más Estado, no al revés.

Pero el estrellón del COVID-19 no puede convertirse en una glorificación permanente de la asepsia total. Pues eso no solamente es una ridiculez —lo mostró amablemente en su inmortal película Mi tío el humorista francés Jacques Tati—, sino una profunda deformación de todo aquello que nos hace humanos. No dejemos, por tanto, de anhelar el deshielo.

Comparte en redes: