Por: Columnista invitado

"El sacrificio de mis colegas no sirvió para nada"

El 24 de septiembre de 1989 salí de Valledupar junto a mis colegas, Manuel Gutiérrez Acosta y Germán Vargas Lobo, para asistir al Congreso Panamericano de Gastroenterología en Cartagena.

Ese día llegamos en la noche y nos alojamos en el hotel Hilton, donde teníamos reservación. Salimos un rato de paseo por la ciudad y nos acostamos temprano. Al día siguiente en horas de la mañana nos trasladamos al Centro de Convenciones donde se llevaba a cabo el evento.

El doctor Gutiérrez Acosta había dejado a su hija enferma, quien padecía una crisis de anemia falciforme. Él nos convidó ir al hotel para poder comunicarse con su familia en Valledupar y averiguar por el estado de salud de ella. Llegamos y prendimos el televisor. Manuel llamó mientras Germán y yo veíamos las noticias deportivas, donde pasaban los goles que le hizo la selección de fútbol de Ecuador a Paraguay y que llevaron a Colombia a disputar el repechaje con Israel.

Después de ver eso, entré al baño con el propósito de arreglarme para verme con mi hermano Hernán, que vive en Cartagena y trabajaba en el Hilton. Estando en el baño explotó la bomba.

Mis compañeros murieron. Dos víctimas de Pablo Escobar que dejaron huérfanos y viudas, hijos que se criaron sin el afecto de sus padres. Yo me recuperé de las heridas, fue un proceso largo y doloroso.

En verdad no guardo rencor contra Escobar, pero el sacrificio de mis colegas no sirvió para nada. Él logró su objetivo porque en la Constitución de 1991 no establecieron la extradición de los narcotraficantes y es rara la gente que ahora no se lucra de ese negocio ilegal. Duele decirlo, pero esta es la cruda realidad de nuestro país. A este funesto personaje le siguen dando una importancia que nunca se ha merecido.

Las lecciones de esa época de violencia son pocas, porque aquí los mafiosos siguen haciendo justicia ellos mismos y las autoridades siguen recibiendo sus dineros para que los beneficien.

 

José Romero Churio *

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