Por: Sorayda Peguero

El secreto de Agatha (segunda parte)

(Oprima aquí para ver la primera parte de esta historia).

“No estaré en casa esta noche. Mañana ya te diré dónde estoy”. Eso decía la nota. Pero su secretaria no supo nada más. Nadie supo de ella hasta 11 días después de su desaparición. Cuando su esposo la encontró, instalada en un lujoso hotel spa que quedaba a 500 kilómetros de su casa, la Policía seguía buscando a una escritora malograda, o lo que quedara de ella. Nadie esperaba que Agatha Christie siguiera viva.

¿Cómo se las arregló para llegar hasta allí? Sus cuentas bancarias estaban intactas. No hizo ningún movimiento financiero durante aquellos 11 días. ¿Y a qué venía eso de Teresa Neele? ¿Por qué se registró en el hotel con el apellido de la amante de su esposo? Agatha Christie tenía mucho que explicar. Pero no lo haría. No pensaba disculparse. No pensaba hablar del asunto. Nunca. Dijo que no recordaba nada y, al hacerlo, puso en marcha el libre albedrío de la imaginación colectiva.

Christie, a la que siempre le gustaron las historias de detectives, que escribía sus borradores en una vieja máquina y que usaba un dictáfono para las historias cortas, tenía una facilidad para jugar con la mente de sus lectores que provocaba fascinación y desconcierto a partes iguales. Su profundo conocimiento de la naturaleza humana, habilidad que fue adquiriendo con los años, la convirtió en una maestra de la trama. “El trabajo más difícil es el de pensar el desarrollo de la historia y darle vueltas hasta que encaja —decía sobre su proceso creativo—. Eso puede demorar. Entonces, cuando tienes todo el material junto, lo único que hace falta es tiempo para empezar a escribirlo”.

La escritura era una cabina de oxígeno para la niña solitaria que fue. Esa niña, que empezó a leer a los cinco años sin que nadie lo supiera, construía sus propias historias con una asombrosa cantidad de personajes y era capaz de colocar a cada uno en el lugar adecuado. Tiempo y silencio. Era todo lo que necesitaba para convertirse en una novelista experta. Agatha Christie lo aprendió pronto. Después aprendió lo mucho que dolía: “Tú estás en una habitación, mordiendo lápices, mirando una máquina de escribir, caminando alrededor o lanzándote sobre un sofá, sintiendo que vas a llorar”. Y no importaba si no le gustaba lo que escribía, si el argumento le parecía flojo o si no tenía ganas de seguir tecleando. Escribir no era un capricho. Era un compromiso para el que no necesitaba firmar ningún documento.

Se llegó a decir que la desaparición de “la Reina del Crimen” fue un truco publicitario con el que pretendía disparar las ventas de El asesinato de Roger Acroit, la novela que puso los ojos de la crítica sobre ella. Algunos biógrafos dijeron que la escritora desapareció adrede, para vengarse del desamor de su marido. Y no faltaron médicos que adjudicaran el incidente a una fuga disociativa: un tipo de amnesia. Ninguna de las hipótesis ha sido comprobada. En 1928, poco tiempo después de divorciarse de su esposa, Archibald Christie se casó con su secretaria.

Pudo pasar así. Horas antes de la fuga, Agatha Christie, dictáfono en mano, está dando pasos cortos delante de su escritorio. Con la otra mano, aprieta un pañuelo de muselina bordado con las iniciales A y C. “Quizás no vuelva —dice, con sus labios rozando el micrófono—. Quizás no vuelva nunca. Que se arrepienta de cada palabra. Que sepa, como yo lo sé, que no hay dolor como este”.

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