Por: Brigitte LG Baptiste

“El sendero de la anaconda”

Luis Ballera, refugiado catalán de la guerra civil española, nunca imaginó que gracias a la apertura migratoria del gobierno liberal de 1939 terminaría en una canoa por el río Orteguaza cambiando anzuelos, sal y lienzo por bolas de caucho silvestre y pieles de jaguar y nutria a los indígenas del Caquetá, también entonces recién liberados de la guerra con el Perú y del genocidio de la Casa Arana. Duraría dos o tres años en la selva tratando de alejarse del horror franquista y encontrar sustento para una familia que aún recuerda los tiempos en que el lavadero de casa permanecía lleno de charapitas y un tigrillo recorría los tejados de zinc de la bodega donde vivirían en Florencia hasta ser estafados por el dueño del negocio.

En 1943 llegaría también al Amazonas Richard Evans Schultes, botánico y explorador norteamericano, comisionado en la búsqueda de la fuente del caucho para sustituir las importaciones del producto, bloqueadas por la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. Me gusta imaginar un encuentro casual entre Schultes y ese explorador y comerciante que fue mi abuelo, justo entrando en alguna maloca para refrescarse y guindar su hamaca tras semanas de andareguear el monte y conversar a señas con los indígenas, siempre generosos y acogedores con los viajeros a pesar de no tener más que razones para detestarlos. Me gusta imaginar una conversación a media lengua acerca de sus propias guerras y el impresionante mundo de la Amazonia que les daba nueva vida.

Schultes, fascinado por las plantas, los paisajes y las culturas indígenas, recorrería por más de una década una ruta que aún pocas personas conocen bien: Chiribiquete y el río Apaporis, escenario de la evocación documental que hace Alessandro Angulo de la anaconda fluvial, creadora de la selva más importante del planeta y que es fuente de toda vida, en contraposición a las perspectivas judeocristiana y nórdica que representaron el mal en la culebra y el dragón. Para los colombianos esa selva serpentina es aún distante, peligrosa y objeto de destrucción, porque no sabemos vivir en ella: su diversidad animal y vegetal nos abruma, su complejidad nos desarma y tal vez nos recuerda demasiado lo orgánico de la existencia, su grandeza erosiona nuestros egos.

Hoy sabemos que la selva entre los Andes y el Atlántico es una gigantesca serpiente que completa el círculo de las aguas entre la cordillera y el océano, por el suelo en forma de ríos y cascadas, por el cielo en forma de nubes y tormentas. Sabemos que del mantenimiento de ese circuito de humedad depende, sin exagerar, la persistencia de la humanidad en el planeta: si se rompe, el sistema climático global entrará en una etapa caótica de la cual no hay noticia en tiempos humanos. Sabemos que si continúan la deforestación y el narcotráfico, Colombia desaparecerá como nación. Y sabemos que podemos vivir en la selva, porque hay decenas de civilizaciones que aún hoy vigorosas están dispuestas a proyectar la historia miles de años atrás para compartirla con los colombianos, mal educados para pensar que todo empezó en una aventura comercial ibérica en el siglo XV. Por eso hay que ver El sendero de la anaconda, un poema de principio a fin en la voz de Wade Davis y la música de Alejandro Ramírez, una dulce crónica del poder de la selva y el río vista desde el cielo por el dron-águila, un llamado a reconocer la cualidad de un territorio, tal vez el único del planeta capaz de salvarlo.

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2019-07-11T01:00:55-05:00

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2019-07-11T01:15:01-05:00

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“El sendero de la anaconda”

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