Por: Julio César Londoño

El silencio y la palabra

Desde hace varios años dirijo el Taller de Escritura Comfandi de Cali. Ignoro si mis estudiantes aprenden poco o mucho. Sí, han ganado muchos premios dentro y fuera del país, pero es imposible medir qué parte del mérito le corresponde al Taller y qué parte es fruto de lo que ya traían en sus mochilas.

Nota: aceptando que los premios pueden ser importantes, tenemos claro que la literatura es algo más serio que el oro y los premios.

Yo sí he aprendido muchas cosas, y casi todas me las han enseñado los estudiantes. Aprendí que la tensión es el alma del cuento, y que imitar a Kafka o a Chejov es más peligroso que imitar a los autores de cuentos cerrados, es decir, los que tienen finales definidos. Que un argumento ingenioso se escribe solo, pero una trama sencilla necesita altas dosis de humanidad y una destreza técnica muy discreta, invisible. A lo Rulfo.

Aprendí que son errores pensar que el ensayo de divulgación se hace a golpes de erudición, y que el rigor es el norte del ensayista. La erudición es apenas un punto de partida, no de llegada; como su nombre lo indica, el ensayo es el arte de la especulación. El ensayista especula, como el narrador imagina. Nota: el ensayo de divulgación es el  mensajero que nos trae cartas de los sabios. Gracias a él, los hombres de la calle podemos entrar a los palacios de la ciencia, seguir la línea gruesa de los descubrimientos… ¡y evitar que estos hallazgos queden en las garras del político, el banquero, el científico y el industrial!

Aprendí que “la crónica es un cuento que es verdad”, una noticia narrada con un punto de vista humano, y que la fusión narrativa-periodismo (circa 1955) es un suceso central en la historia de las humanidades y en la era de la información.

Aprendí que la prosa es poesía embozada, que el poeta es un malabarista que mezcla palabras y silencios, un equilibrista que oscila entre el sonido y el sentido, como quería Valéry, y al que amenazan dos abismos, lo críptico y lo obvio. Su misión es terrible: decirlo todo como nadie lo haya dicho antes.

Aprendí a amar la crítica, incluso al crítico, ese sujeto al que jamás le erigirán una estatua, como maldijo Saint Beuve, porque ¿cómo ignorar el género de Aristóteles, Johnson, Poe, Wilde, Reyes, Borges y Steiner? (Sí, señor, Monterroso, usted tenía razón, en literatura no hay nada escrito, pero solo un crítico como usted pudo descubrirlo).

He repasado aquí los géneros del Taller: cuento, crónica, ensayo de divulgación, crítica literaria y poesía. Empezamos clases en febrero. Busco lectores compulsivos, omnívoros, mayores de 16 años y con muchas ganas de escribir.

Montaigne, Cervantes y otros señores obtusos han creído que el oro y las armas son más fuertes que las palabras. Olvidan que el soberbio oro obedece a modelos matemáticos y las armas a leyes físicas. Que las religiones de los sacerdotes, las constituciones de los países y las teorías de los científicos son artefactos verbales. Olvidan que es con palabras que conversamos, injuriamos y maldecimos, que hacemos fiestas, amigos y negocios, que elevamos canciones y plegarias. 

En el Taller escribimos para averiguar qué otras cosas se pueden hacer con palabras. Por ejemplo descubrir por qué escribimos. U oponer una frágil barrera de palabras al avance de las hordas de los bárbaros. Quizá “para convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo”. Quizá para matar el tiempo antes de que el tiempo lo mate a uno. 

Bellos, ingenuos, escribimos con la terca esperanza de que las palabras pueden ajustar la trayectoria del planeta, aceitar sus ejes, contribuir a que el mundo se salve y la civilización prevalezca.

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