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El triunfo de los traidores

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Cecilia Orozco Tascón
16 de septiembre de 2009 - 05:04 a. m.
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¿USTED LE ENTREGARÍA SU DINERO a un ladrón para que se lo consigne en el banco? Qué pregunta más tonta.

¿Estaría tranquilo si encargan a un corruptor de menores de cuidar a sus niños en un campo de vacaciones? Cómo se le ocurre. ¿Delegaría la defensa de sus derechos en un abogado que abusa de su confianza, que permuta sus intereses por los de otros, o que cambia de bando y termina atacándolo a usted porque ahora pertenece al equipo de su opositor? ¡Parece loco pero en este país sucede! Más allá de los resultados de las desnaturalizadas estadísticas sobre cuál fue el partido ganador en la trata de blancos que se inventó el Gobierno para imponer la aprobación del referendo y otras arandelas, los nombres de los tránsfugas perdonados de antemano mediante una norma vulgar y farisaica no se les deberían olvidar nunca a los electores colombianos. Pues bien, se les olvidan o lo que es peor, no se percatan de lo acontecido y, tal vez por eso, vuelven a votar por los traidores.

El voltiarepismo no es la peor expresión de la inmoralidad que campea en el Capitolio, incentivada desde el Palacio con los buenos oficios del Ministro del Interior. Sin embargo, es la más gráfica y deprimente. Nada mejor que una ilustración de lo que se cocinó en los pasillos de esos dos edificios, supuestos pilares del bien general: el senador de Cambio Radical Jorge Enrique Vélez —quien no es precisamente un purista—  denunció, con monto exacto, la tasa que se puso a sí mismo el detenido ex congresista de esa colectividad Rubén Darío Quintero para mantener a sus votantes de Antioquia, fieles al partido de Vargas Lleras: $250 millones. Semejante revelación no conmovió sino a un puñado de periodistas y ni siquiera mereció grandes titulares. El interrogante subsiguiente es si la clientela de Quintero es hoy sierva de la U por orden de su amo, y por cuánto habrá negociado éste su trasteo. Otra inquietud: ¿el pago se hará en billetes, en notarías o en gerencias regionales con puestos de trabajo para distribuir entre los amigos de la causa? Y la del millón: ¿el de Quintero es caso aislado o refleja un patrón de conducta?

No es mera coincidencia que la U y el Partido Conservador hubieran tenido congestión en sus puertas de ingreso ni que los voltiarepas llegaran a las colectividades que disponen del más corto acceso a la agencia nacional de empleos en que está convertida hoy la Casa de Nariño. No es, de ninguna manera, una casualidad que en el grupo de los tránsfugas estuvieran los miembros que restan en libertad, de los movimientos  contaminados de parapolítica. Y que ellos fueran recibidos con los brazos abiertos por Luis Carlos Restrepo y Efraín Cepeda.

Me da pena, pero tampoco es un acto heroico ni un triunfo digno de sacar pecho, que el liberalismo reciba gente sin consideraciones, como mínimo, a su coherencia. Primero: ¿merece homenaje el presidente de la Cámara que viene de Convergencia Ciudadana, la agrupación liderada por un oscuro personaje de Santander? Segundo: ¿no era necesario rendirles cuentas a los liberales de tradición, y explicarles por qué antes de trasladarse a la oposición, Édgar Gómez se hizo el loco con las reglas para sacar, en una sesión de dudosa legalidad, la aprobación final del referendo?

Desde luego que la ideología y los principios constituyen la última preocupación de los dominadores de la política colombiana. No obstante, podrían disimular, no ya para los nativos a quienes nada importa sino para los vecinos que tanto criticamos, mientras miramos la paja en el ojo ajeno.

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