Por: Mario Fernando Prado
Sirirí

El valle del canto

La vida es una canción, parecen decir los millones de habitantes del Valle del Cauca que se levantan y se acuestan con una melodía entre ceja y ceja. Y no es para menos. Esta es una región cantora por naturaleza, desde el Pacífico hasta las cordilleras y desde los calores sofocantes que amainan las brisas de las tardes hasta los fríos paramunos que se combaten con “aguapanela” caliente.

La multiétnica que conforma la idiosincrasia vallecaucana, que no valluna, da para todas las expresiones y ritmos autóctonos. De allá del litoral nos llegaron los primeros sones de una salsa que se adoptó como propia, al punto que Cali es considerada la Capital Mundial de la Salsa.

Pero no solo es la salsa: la música andina tiene en Ginebra el Festival Mono Núñez, certamen reconocido en varios países con las tradicionales melodías y los nuevos intérpretes y compositores.

Hay también un culto al tango, proveniente de la región cafetera. Allí los paisas viven engardeliados realizando su festival en Sevilla.

Y ni hablar del bolero, que cuenta con tantos seguidores como festivales y que congrega no solo a la vieja guardia, sino también a una muchachada romántica que expresa sus sentimientos con las canciones de sus “cuchos”.

En el Valle hay además un culto por las rancheras que se mezclan con el despecho para rumiar algún mal de amores.

Últimamente la, para mi gusto espantosa, música urbana, encabezada por los reguetones, se ha tornado en la tonadilla de los tatuados y todo lo que les circunda, como una expresión válida de su forma de ver la vida , así sea monocorde, carente de armonía, pobre de letras y muchas veces grosera e irreverente.

El jazz, el rock y lo clásico cuentan con miles de seguidores, que conforman una cultura musical variopinta a lo largo y ancho de los 42 municipios en donde, como dice la letra de algún bambuco, es toda una filosofía el “vivir cantando”.

Le puede interesar: "Vía al Llano: crónica del abandono a una región"

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2019-07-12T00:00:36-05:00

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