Por: Nicolás Rodríguez

El voto cómplice

Dadas las dos opciones disponibles, el voto blanco es un voto seguro para Duque, que va ganando por mucho. Votar en blanco es también un voto por Uribe y el Centro Democrático. Es decir, un voto para un caudillo dispuesto a todo para regresar al poder, y un voto contra la colectividad que más le ha hecho guerra a la posibilidad de la paz.

No se entiende entonces cómo es posible que Humberto de la Calle, el artífice de lo pactado con las Farc, se decida por el voto en blanco. Primero César Gaviria le entrega el Partido Liberal al candidato para el que Ordóñez podría ser una elección legítima de ministro de Justicia (aunque lo haría mucho mejor como ministro de Educación) y después De la Calle se da el costoso lujo de ejercer su protesta con un voto en blanco.

La idea entre muchos de los que defienden el voto en blanco parecería ser que ni Duque ni Petro los representa en lo más mínimo. Se dice (y se dijo durante toda la campaña) que el uribismo está en una orilla y el petrismo en la otra. Y que son lo mismo. Que representan el mismo tipo de política, pero en extremos opuestos. Que son movimientos extremistas. En torno a esa elaboración se le dio justificación teórica al centro. Y por el mismo camino quedaron falsamente equiparadas las apuestas de Petro, que darán miedo en muchos, pero no están ancladas en prácticas ilegales, con las del candidato que representa al uribismo.

Es decir: las del candidato para el que los componentes de verdad que vienen con toda justicia transicional son inaceptables. Pues eso es, en el fondo, lo que está en juego. Y Duque sigue siendo el que dijo Uribe. Por supuesto que el voto en blanco es una alternativa respetable. Respetable e inútil. Además de cómplice. El voto en blanco es el verdadero salto al vacío.

 

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