Por: Arlene B. Tickner

Ele sim

Con 46 % del voto en primera vuelta, el triunfo de Jair Bolsonaro en las presidenciales de Brasil el 28 de octubre es casi un hecho. En un país en apariencia pacífico y tolerante, cansado de los políticos y la corrupción, pero reivindicador de la democracia, el ascenso meteórico de un exmilitar, evangélico, con nostalgia por la dictadura y sancionado al menos 30 veces durante su lánguida carrera legislativa por xenófobo, homofóbico, racista y sexista es sorpresivo y desconcertante.

Sin duda, el escándalo más grande de la historia brasileña, Lava Jato, está en la raíz del castigo en las urnas de los brasileños a los partidos tradicionales. Ello se observa no solo en el fenómeno Bolsonaro —cuyo minúsculo PSL se convirtió en la segunda fuerza en la Cámara Baja después del PT, además de los 49 millones de votos propios obtenidos sin maquinaria ni financiación—, sino en la renovación general del Congreso, entre cuyos muchos quemados se incluye la expresidenta Dilma Rousseff.

Además de la corrupción, el país aún no se repone de la recesión, tiene altas tasas de desempleo, sus logros en el combate a la pobreza se han revertido y la violencia ha llegado a cifras récord. Sin embargo, también hay algo de revanchismo en el voto “antipetista” de las clases medias y altas por la alteración efectuada por el PT de Lula da Silva y Rousseff a las relaciones (desiguales) de clase y raza.

Al llamado del mesías Bolsonaro por la recuperación de la moral, los valores patrios y religiosos, la economía y la seguridad —todo lo cual promete conseguir mediante una estrategia de mano dura y purga— se ha sumado una lógica antagónica del “nosotros” y “ellos” típica del fascismo, y que ya comienza a evidenciarse en distintos actos de intolerancia, censura y violencia por parte de sus electores.

Aunque la segunda vuelta ofrece un pequeño aliciente a quienes ven con horror y miedo lo que está ocurriendo en Brasil, los malabares que debe realizar para ganar el candidato del PT, exalcalde de São Paulo, exministro de Educación y profesor de teoría política, Fernando Haddad, son gigantescos. Con 29 % en primera vuelta, tendría que sumar los votos de casi todos los 11 candidatos restantes y/o recoger parte sustancial del 20 % que se abstuvo, pese a que el voto en Brasil es obligatorio. Ello requería independizarse de su padrino, Lula —sin aislar a las bases del PT y sin perder a más lulistas que votaron por la ultraderecha—, negociar acuerdos formales con otros partidos de centro izquierda (PDT, PSB, PSOL) y centro (PSDB) en pro de un frente amplio de defensa a la democracia, y potenciar la imagen negativa de Bolsonaro, que es casi tan grande como la positiva. En ese proceso, Haddad tendría que encarar el tema de la corrupción en el interior del PT, algo que ha evadido hasta ahora.

En cambio, con preservar la votación obtenida en primera vuelta y sumar tan solo 4 % más, Bolsonaro ganaría. En una coyuntura crítica en la que más de la mitad de los habitantes del país más grande de América Latina y la quinta población del mundo apoyaría un gobierno no democrático si éste ofreciera soluciones creíbles a sus problemas, lo más probable es que ele sim.

 

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