Por: Rodrigo Uprimny

Elecciones y paz

La paz con las Farc ganó la primera vuelta presidencial, pero paradójicamente quedó en grave peligro por lo que pueda pasar en la segunda vuelta.

La paz con las Farc no fue el único tema en la disputa electoral, pero fue central y alineó claramente a los candidatos, por lo que permite contabilizar los apoyos a la paz. Y la paz ganó, pues los votos sumados de quienes dijeron inequívocamente que apoyaban el acuerdo y lo implementarían (Fajardo, De la Calle y Petro) suman casi diez millones de votos, que representan el 51 % de la votación. Y si incluimos los votos de Vargas, quien expresó reparos al acuerdo, pero dijo que éstos ya habían sido corregidos por la Corte Constitucional, el apoyo a la paz se elevaría al 58 % de la votación. En cambio, quienes anunciaron que le introducirían cambios significativos al acuerdo (Duque y el pastor Trujillo) suman siete millones y medio de votos, que representan 39 % de la votación.

La paz con las Farc ganó entonces por
58 % contra 39% , o al menos, por 51 % contra 39 %. Una victoria clara, con una participación electoral de 53 %, que es alta para Colombia. La paz tendría entonces hoy un robusto apoyo democrático que facilitaría su implementación. Pero la paradoja es que la paz está en peligro por los posibles resultados de la segunda vuelta presidencial.

Petro, que es el candidato propaz que pasó a la segunda vuelta, provoca rechazos en múltiples sectores, por lo cual muchos votantes de Fajardo podrían optar por abstenerse o por votar en blanco, lo cual incrementa las posibilidades de que Duque gane. Y si Duque es presidente, no sólo estaría en riesgo la paz, sino también el Estado de derecho y la democracia, pues llegaría al poder un uribismo revanchista, con mayorías en el Congreso y con débiles contrapesos institucionales, debido a los escándalos de corrupción de algunos magistrados que han afectado seriamente a las cortes.

Algunos dirían que la cosa no es tan grave pues Duque tiene un discurso más moderado y no arrastra las graves ilegalidades de otros personajes de la coalición uribista. Eso puede ser cierto, pero el problema de Duque es que, como su apellido lo revela, él es sólo un duque, pero probablemente el rey es otro, y los duques, según las tradiciones medievales, le deben obediencia a su monarca.

Algunos de los temores frente a Petro son justificados; tiene un estilo caudillista que le hace difícil construir equipos políticos cooperativos y que alimenta la polarización. Estos defectos no son menores y por eso voté por Fajardo en primera vuelta y respeto a quienes han planteado voto en blanco en la segunda vuelta. Pero no comparto esa opción pues, a pesar de mis reparos a Petro, no creo que Petro y el uribismo sean iguales y que sea indiferente quien gane la Presidencia. Los riesgos de una eventual victoria de Petro son muchísimo menores que los de un retorno del uribismo, entre otras cosas, porque Petro tendría contrapesos institucionales más fuertes. Además, creo que a Petro le han hecho una campaña sucia y le atribuyen cosas que no ha hecho, como que formuló un programa de extrema izquierda, que no lo es. Por eso, por la paz y el Estado de derecho, votaré por Petro. Por ahora expreso mi voto con poco entusiasmo, pero espero que Petro logre incrementarlo, ofreciendo en estos días garantías creíbles de respeto a la institucionalidad democrática, que venzan mis reparos y los temores de muchos votantes indecisos.

(Aclaro, como lo hice hace 15 días cuando anuncié mi voto por Fajardo, que mi opción electoral no debe ser vista como una afiliación partidista de Dejusticia, que es una organización no partidista y pluralista. Esta columna sólo me compromete a mí individualmente y no a la institución ni a sus miembros).

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