Por: Columnista invitado

Electricidad o vida

Por: Alberto López de Mesa

La emergencia de Hidroituango me hizo recordar la película “Selva esmeralda”, del director británico John Boorman, que recrea los sucesos reales acontecidos en las selvas del Matto grosso, por el dique descomunal que construyó una multinacional de ingenieros para represar las aguas de uno de los principales afluentes del río Amazonas. Una temporada larga de lluvias copiosas destruyó la represa antes de ser terminada y en la película se fabula la idea de que los nativos afectados por la megaestructura invocaron a las potencias naturales para que los liberaran de las afrentas del progreso.

Mientras se escribe esta columna, varios pueblos ribereños abajo de la represa de Hidroituango siguen en emergencia, sus habitantes ubicados en campamentos ruegan porque los ingenieros enmienden los errores en el diseño de la estructura y superen la crisis, porque, de no ser así, serían víctimas de una ola de treinta metros de altura, algo así como un tsunami de agua dulce en mitad de los andes colombianos.

La advertencia que metafóricamente nos hace la película Selva esmeralda, en la vida real la vienen haciendo desde los años ochenta científicos y lideres ambientalistas de muchos países del mundo, en un documento denominado la Declaración Manibeli, que recoge diferentes protestas sobre este tipo de obras, porque ya se sabe lo que ocasiona la construcción de grandes embalses: se sumergen tierras cultivables y las anegaciones obligan el desplazamiento de los habitantes nativos, se altera la ecogonía de los territorios , se afecta y se reduce la diversidad biológica, se obstruye la migración de peses y la navegación fluvial, se destruye el caudal de los ríos, se modifica el nivel de las capas freáticas, la composición del agua embalsada y el microclima.

Pese a estas protestas, el Banco Mundial ha sido el principal financiador de grandes hidroeléctricas porque, en su concepción del desarrollo, prioriza la gran rentabilidad que produce vender kilovatios. No obstante, muchos países han cotejado los beneficios de las represas con los daños colaterales que causan las anegaciones artificiales y porque también agotaron sus fuentes hídricas. Se insiste en buscar otras formas de producción de electricidad: las térmicas, las eólicas, las marinas, las solares, las nucleares, esta última se redujo luego del accidente de Chernobil. En realidad todas tienen ventajas y desventajas, pero lo cierto es que la ética en la decisión de cada proyecto está supeditada a la ambición del comercializador y siempre se opta por el facilismo: represar ríos o desviarlos para captar la potencia de sus aguas con la “justa” inversión inicial, calderas gigantescas de carbón que al tiempo producen mega vatios y toneladas de CO2 para la atmósfera.

Colombia es una especie de paraíso para las multinacionales de la mega-minería y las hidroeléctricas, obvio por la riqueza hídrica y mineral de nuestro suelo, pero sobre todo porque a nuestros gobiernos les ha interesado la producción y la rentabilidad inmediatista, pasando por encima de las responsabilidades sociales y ambientales. Para el caso de las hidroeléctricas casi todas han generado controversias. Verbigracia el Quimbo en el Huila destruyó el río Páez, afectó los ecosistemas del alto Magdalena y no ha dado los beneficios que se prometieron a Garzón ya otros pueblos aledaños. Peor la represa de Urrá en el departamento de Córdoba, para cuya construcción se desplazaron por las malas a indígenas y colonos que hoy habitan como indigentes en capitales de la costa y del centro del país.

Respecto a Hidroituango, antes de su construcción las gentes de Valdivia sabían que con la represa dejarían de tener un puerto sobre el río Cauca y conocían la fragilidad de la montaña, pero los oficiales de EPM, con su ampulosa vanidad, hicieron caso omiso de las advertencias. Algunos sociólogos deducen que las matanzas de campesinos que en los noventa grupos paramilitares cumplieron en Tarazá y Caucasia ya eran el preámbulo del nuevo orden que se cumpliría con esas tierras.

Las noticias no cuentan la gran tragedia que significó para la flora y la fauna del bajo Cauca la suspensión de su caudal. Tímidamente el gobernador de Bolívar, Dumek Turbay Paz, exclama. “Los antioqueños se creen los dueños del río Cauca”, cuando lo que debe exigir la indemnización de los pueblos por los daños causado por la transformación y disminución de los nutrientes que naturalmente viajan con las aguas de los ríos, la sedimentación que arrojó la mega obra, mas la disminución del uso útil del río para la navegación y para la pesca.

Ya varios columnistas antioqueños han exaltado lo faraónico del proyecto, signo y orgullo del talante paisa, pero la ufanía de Empresas Publicas de Medellín, en el caso de Hidroituango no corresponde con la lectura que hacen los habitantes de los 17 municipios afectados por la construcción de la hidroeléctrica.

Se sabe que estos grandes embalses, además de la producción de energía eléctrica, generan desarrollos turísticos e industrias piscícolas. Nada se dice de la participación que tendrán estas poblaciones afectadas en el nuevo desarrollo, sin duda, los desplazamientos por la guerra anterior y ahora por la emergencia, la han despejado el espacio a los grandes empresarios que monopolizaran, como en el Peñol, los negocios colaterales al embalse.

La electricidad ha sido el insumo energético definitivo para el desarrollo que ha alcanzado hoy en día la humanidad, pero su producción siempre ha implicado una afrenta contra la vida.

 

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