Por: Andrés Hoyos

Elogio de Frankenstein

ME GUSTARÍA SER ORIGINAL EN ESta materia, pero mucho antes que yo alguien descubrió que los extremos coinciden con exasperante frecuencia.

Alfredo Molano escribía en su columna “El lente tuerto”: “A lo que me opongo es al maridaje entre la empresa privada y el Estado: a que el patrimonio público termine como activo de una empresa privada”. En el lado opuesto del espectro, Carlos Caballero Argáez dijo la semana pasada que “las empresas deben ser 100% privadas o 100% estatales”, una frase en esencia igual a la de Molano; luego expresó su apoyo a la privatización total de Ecopetrol sugerida por Alberto Carrasquilla. Rudolf Hommes hace un poco más de un año escribía que las privatizaciones parciales constituían indeseables Frankensteins.

Me temo que las opiniones de nuestros tres flamantes ex ministros distan mucho de tener aceptación universal. ¿Alguien está promoviendo con éxito la privatización total de Petrobrás en Brasil? ¿Y cómo opera China, para citar el ejemplo más notorio de éxito económico de las últimas décadas? Aunque allá hay muchísimas empresas privadas, la economía se basa en un inmenso batallón de Frankensteins. No creo que el modelo chino pueda funcionar en una democracia, lo que no quiere decir que la única opción sea el 100 o 0 que propone Caballero Argáez. Más aún, sin estos Frankensteins el desarrollo igualitario de un país como Colombia se tornaría todavía más difícil de lo que ya es, pues no habría manera de forzar ninguna prioridad a fondo ni se podrían aprovechar ciertas ventajas de largo plazo con empresas nacionales de gran escala. No olvidemos que Colombia tiene, o padece, una élite de pequeña escala.

En todo caso, privatizar el 100% de Ecopetrol sería casi con seguridad un pésimo negocio. La razón es que en un futuro no muy lejano se prevé la llegada del “Peak Oil”, o sea un estancamiento en la producción mundial de petróleo y luego una escasez creciente. Esto valorizaría las reservas de la compañía en una escala hoy imposible de reflejar en el precio de las acciones. Ecopetrol, al contrario de lo que sugiere Caballero, se ha comportado de manera muy razonable comprando compañías con reservas, como Hocol, cuando el precio del petróleo está bajo. Estas operaciones serían inconvenientes si el petróleo fuera a bajar mucho y en forma permanente, ¿pero existe acaso la menor posibilidad de que el precio vuelva al equivalente de los 10 dólares el barril que costaba en 1998? Los ex ministros dirán.

El déficit del Gobierno se debe solucionar con un aumento de impuestos o una disminución de gastos, no con la venta de activos. Todo activo que se venda en un país desigual como Colombia debe conducir a una inversión estratégica del Estado. Es dañino, y más que dañino derrotista, proponer la imposibilidad del interés común entre la empresa privada y el Estado. Las empresas mixtas deben ser relativamente pocas y grandes, y lo que procede es aprenderlas a operar con provecho. Sin embargo, a ciertos tecnócratas parece darles pereza solucionar los problemas realmente importantes y optan por la salida fácil de creer que, sin un gran esfuerzo propio, el capital internacional va a venir a desarrollar el país como por arte de magia.

No son, pues, sólo los Alfredos Molanos de este mundo los que se niegan a aprender la lección; en el costado neoliberal también hay cada ex ministro apegado a “sabidurías” fracasadas.

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Esta columna no aparecerá la semana entrante.

 

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