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Elogio del encierro

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Juan Gabriel Vásquez
14 de mayo de 2010 - 01:41 a. m.
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A FINALES DE MARZO, MIENTRAS una primavera más bien tímida comenzaba a entrar en Nueva York, entrevisté a E.L. Doctorow, uno de los novelistas de mi Dream Team personal, cuyas novelas no me canso de regalar a los amigos y cuyos ensayos he expoliado sin vergüenza.

Pero esto último ya lo saben los lectores, pues el nombre de Doctorow ha aparecido varias veces en esta columna, y una vez, por lo menos, la columna entera ha estado dedicada a uno de sus libros: La gran marcha, una extraordinaria novela sobre la Guerra de Secesión norteamericana. Justamente fue esa novela la que interrumpió nuestra primera conversación: Doctorow me había recibido en su oficina de la Universidad de Nueva York, pero tuvo que irse temprano, porque un grupo de actores iba a leer en público algunos pasajes de La gran marcha, y él había prometido asistir. Así que me citó al día siguiente en su apartamento de la zona media de Manhattan. Allí hablamos durante un par de horas, quizás menos, y nunca supimos en qué momento terminó la entrevista y comenzó la conversación casual, tal vez porque antes tampoco habíamos sabido en qué momento terminó la conversación casual y comenzó la entrevista.

 Hablábamos de Homer & Langley, su última novela. El tema (palabra que odio profundamente, pero es difícil reemplazarla) de la novela es la vida de los Collyer, una pareja de hermanos bien conocidos en Nueva York. Eran dos célebres anacoretas del barrio de Harlem; eran, también, los miembros más famosos de ese tipo humano que en inglés se llama hoarder y que en español se puede traducir como “acumulador”, una palabra carente de gracia. Pero en español también hablamos de “síndrome de Diógenes”, un desorden que consiste en el encierro, el abandono del cuidado personal y la acumulación desmedida de objetos de todo tipo. Lo cual se les aplica a los Collyer: en 1947, después de que los vecinos detectaran un olor molesto, la Policía entró a la fuerza en su casa y los encontró sin vida. Uno de ellos había muerto aplastado por una torre de desperdicios que le cayó encima; el otro, ciego y dependiente de su hermano, murió de inanición, pues no pudo encontrar el camino de la cocina.

Las novelas suelen hacer comentarios, a veces involuntarios, sobre sí mismas. Y eso es lo que sucede en Homer & Langley. Hacia el final de la novela, Homer, el narrador, dice: “¿Qué puede ser más terrible que verse convertido en una broma mítica? ¿Cómo nos las arreglaríamos después de muertos, si no disponemos de nadie que se haga cargo de nuestra historia?” En algún momento le pregunté a Doctorow si era consciente de haber respondido a ese llamado de su propio personaje, si había escrito la novela para rescatar a los hermanos Collyer del rango de curiosidades de circo. “Sí”, me dijo Doctorow. “Pero respondo a mi propia versión de Homer. La versión real ha desaparecido. Los Collyer fueron víctimas de lo que ahora es para los psicólogos un trastorno obsesivo-compulsivo muy serio. Pero la naturaleza clínica de su afección no me interesaba, sino lo que ese trastorno proyectaba”.

¿Y qué proyectaba ese trastorno? “Cuando alguien se encierra hasta ese punto”, me dijo Doctorow, “está haciendo una crítica del mundo que lo rodea”.

Qué quieren que les diga: uno mira por la ventana y los entiende perfectamente.

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