Por: Santiago Gamboa

Elogio del fútbol venezolano

Terminada la ronda clasificatoria para Rusia, con las ronchas y callos que deja un proceso de eliminación tan cambiante, debo decir que mi preferida fue la selección de Venezuela. Que quedó de última, sí. Que no ha logrado clasificar nunca a un mundial, por supuesto. Que no tiene ni una sola estrella internacional, es muy probable. Pero habiendo visto varios de sus partidos, creo que es la única que funciona verdaderamente como equipo. Un grupo de 11 atletas que sale a ganar o a perder con dignidad, respondiendo seriamente a un esquema. No hay divos, no hay abejas reina, no hay distinción de clases sociales entre las líneas de defensa, medias o de ataque. No hay estratos altos ni clase ociosa, ni lumpen proletariado ni dirigencia. Todos ocupan sus posiciones y rotan de acuerdo con un plan estricto. A pesar de la cultura fronteriza, no tienen un James I de Cúcuta ni un sir Radamel Falcao de Mónaco, marqués de Santa Marta. Tampoco importaron a un Pékerman, que a veces peca de tener el corazón tan blanco (al decir de Shakespeare y Marías). Ya no digamos un Messi, ni siquiera un Vidal. Dasvidania, tovarich. Son puro producto nacional. Pura ayaca y puro joropo, y así, Dudamel es hombre de certezas y dudas razonables. Por eso son un equipo. Me atrevería a decir que el fútbol es el único espacio en el que, realmente, triunfó el socialismo venezolano.

Así hayan perdido.

Porque perder es ganar un poco, como dijo Maturana, nuestro Deleuze local, y perder es también una cuestión de método. Una cuestión muy seria. Ciertas ideas parecen creadas no para ganar, sino para que existan en el mundo, se rocen con otras y sean atenuantes del difícil arte de vivir. Para mantener una imagen romántica de la derrota que alivie el ansia humana. Porque la derrota es estéticamente superior a la victoria. Tiene más poesía, incluso en el fútbol. Como decía Bryce Echenique: “Avanza Perú, ¡gol de Brasil!”. Un verso vallejiano moderno.

Venezuela no clasificó, pero dejó dicho. Marcó su lugar en la arena de batalla. Logró un empate épico con Argentina en Buenos Aires, donde empezó ganando. El arquero Fariñez, el Yashin contemporáneo, le tapó un cabezazo a Falcao que muy pocos en el mundo habrían parado. Prodigio de velocidad, reflejos, arte adivinatoria. Ni Messi ni Suárez, ni James ni Dybala. No pudieron con el joven caraqueño. Cuidado Buffon, Neuer o Keylor Navas: acaba de nacer un grande. La velocidad de Salomón Rondón es asombrosa, un Bolt futbolero. Y su desenfado e irreverencia para enfrentar a cualquier equipo. Al Uruguay de Suárez y Cavani lo dejó con los dientes afuera, y a Colombia con los crespos hechos. Venezuela no clasificó porque arrastraba un puntaje malo del inicio, pero lo logrará la próxima vez.

Extrañaré en Rusia a este aguerrido equipo de mujiks criollos. Evocaré con Dudamel la pasión triste del doctor Zhivago, los versos de Maiakovski, a muchas verstas del pueblo de Yasnaia Poliana, en la casa de Tolstoi donde, por cierto, el inefable Vargas Llosa acaba de recibir su premio literario número 22.000. Seguiré el mundial comiendo ayacas con Rondón (lejos del InMaduro, eso sí), sin balalaikas alegres. Más bien al ritmo dramático de las Danzas eslavas de Dvorak.

 

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