En el centenario de Eduardo Caballero Calderón

La Biblioteca Nacional ha emprendido en los dos últimos años la noble cruzada de homenajear a escritores colombianos que se dedicaron al a veces ingrato arte de la palabra, como José Eustasio Rivera, Pedro Gómez Valderrama y Hernando Téllez.

Es una loable labor, liderada por su directora, Ana Roda, y el poeta Álvaro Rodríguez (un personaje salido a su turno de un poema de Borges, digamos “Límites”, a quien le debemos un constante reconocimiento que tendría que ir más allá de una pálida pensión, por su amor por la Biblioteca y por los libros). Le corresponde ahora el turno al escritor Eduardo Caballero Calderón en su centenario.

Nuestros prosistas merecen este y otros homenajes. Merecen por ejemplo que se les publique en más ediciones de bolsillo y en más “libros al viento”. En un país marcado por los afanes políticos —y las pujas “electoreras de manzanillos de todo pelambre”, como decía sabiamente Gaitán hace más de sesenta años— la cultura es siempre un oasis y sobre todo un necesario espejismo. Los horrores cotidianos a veces no nos permiten apreciar la literatura de nuestros mayores.

Caballero Calderón vivió en los tiempos dorados de la prensa colombiana de mediados del siglo pasado, cuando se batían a “pluma limpia”, y a seudónimo velado, cronistas de la talla de Lleras Camargo, Eduardo Solano y Luis Eduardo Nieto Caballero, para sólo citar a unos pocos. (Me acuerdo del seudónimo de Caballero Calderón: Swan, mención a Proust). No en vano se decía en esos años que El Espectador era ¡el mejor periódico del mundo! Las prosas breves y las glosas impertinentes deleitaban a los lectores. Eran los tiempos en que se leía en cámara lenta, muchas veces en cafés semiautomáticos.

Leí en la última edición de la revista Semana el evocador artículo de Antonio Caballero sobre su padre, y me acordé de las mañanas de Manuel Pacho y de mis mañanas en la escuela primaria leyendo El Cristo de espaldas. También pensé en Luis Caballero aprendiendo a leer en la casa paterna de la mano de Evangelina Pineda de Fornaguera, y luego llegó a mí mi abuelo leyendo a Klim, y a su vez mi bisabuelo viviendo como Lucas Caballero en sus Memorias de la Guerra de los Mil Días, pero muriendo en las huestes de Uribe Uribe. Ha de ser un gran destino vivir en una familia marcada por la noble tinta, como los Caballero, en medio de tantos hogares marcados por la sangre fresca.

 Pedro Escudriñez. Chía.

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