Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

En gustos no hay disgustos

“En gustos no hay disgustos”, decían o dicen las abuelitas. “¿Cómo fue? Gracias a la discrepancia se ha construido la cultura”, protestarán algunos resentidos. No sé ni me importa. Lo mío es la curiosidad y el deseo. Para mi gusto, la Feria del Libro de Bogotá, Filbo, es mejor que un buffet o bufé. Aquí van mis sugerencias para quienes no creen en el racionalismo (ramplón) y, en cambio, aman el hedonismo (literario).

a) El caso de la quimera encadenada, Gonzalo España. (Montena). Breve incursión novelesca por los recovecos de la genética. Homenaje viviente al pensamiento de Emilio Yunis.

b) La escuela de música. Pablo Montoya. (Literatura Random House). Una delicia de principio a fin. Intuida cuando Pablo estudiaba música en Tunja, hacia 1984, esta novela en tono mayor condensa el estilo y la elegancia narrativa del que alguna vez fuera “uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana”.

c) Hoy es siempre todavía. Alejandro Gaviria. (Ariel). Relato autobiográfico de apasionante belleza sobre aquellos que no se dejan joder por el cangrejo y renacen con el cáncer.

d) Ya nadie llora por mí. Sergio Ramírez (Alfaguara). Aventuras y desventuras del inspector Dolores Morales. Con el pretexto de rescatar a una secuestrada, Morales y su entourage meten las narices en la podredumbre y abyección de la Nicaragua de Daniel Ortega, dizque comandante, dizque sandinista.

e) Comadrita la rana. Pilar Posada y Paula Ortiz. (SM). Apetitoso manjar textual y gráfico para enriquecer la tradición oral de cantos y juegos infantiles.

f) La bufanda de Cambridge. Ricardo Bada. (El Malpensante). El incisivo y oceánico Bada saca sus uñas de cuentista. Y no aruña: acaricia con simpatía y cinismo.

g) Hotel París. María Isabel Abad (Literatura Random House). Intrigante sucesión de confidencias en un sanatorio siquiátrico en las montañas antioqueñas. Primera novela de María Isabel, y la sacó del estadio. ¡Jonrón!

h) Esas ganas de matarlo. Margarita Londoño Vélez. (Enlace Editorial) ¡Levante la mano la mujer que no ha tenido ganas de matar al marido! A ver… Con honestidad y naturalidad, Margarita narra una tragedia casi melodramática, casi increíble, pero cierta.

i) La perra. Pilar Quintana. (Literatura Random House). Menos de 110 páginas con una historia desgarradora, selvática y realista. Una joya entre las novelas cortas, las más largas de olvidar.

j) Magnolias para una infiel. Alejandra Jaramillo Morales. (Ediciones B). Cuando una mujer escribe sobre adulterio, los mojigatos se escandalizan. Tranquilos. Con esta novela aprenderán a distinguir entre lealtad y fidelidad.

k) Y nos robaron la clínica. Emilio Alberto Restrepo. (Sílaba Editores). Es pura ficción, pero parece no ficción. Sublimar la indignación y volverla materia literaria: aquí y ahora: ¡esta es!

l) Los perros duros no bailan. Arturo Pérez-Reverte. (Alfaguara). El título lo dice todo. Maestro de maestros, Pérez-Reverte se decanta ahora por la ternura animal y la empatía humana.

m) El crimen del siglo. Miguel Torres (Teatro Colón). Mi sensei Miguel logra lo imposible: meter más de 400 páginas de vibrante narrativa en 100 metros cuadrados, el área de un escenario teatral. ¡Por el honor de Gaitán!

En la Filbo hay más…. ¿No les digo? En gustos no hay disgustos.

Rabito: Paradojas de los tiempos presentes: ministros que escriben como escritores (Alejandro Gaviria) y escritores que escriben como viceministros (William Ospina et al).

@EstebanCarlosM

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