Por: Julio César Londoño

En la muerte del viejo sátiro

A los 91 años y en olor de sexualidad ha muerto en Los Ángeles Hugh Hefner. Para unas, fue héroe de la cruzada contra los tabúes sexuales. Para otras, el primer responsable de la cosificación de la mujer. Él se defendía: “Tengo limitaciones, no las puedo dejar satisfechas a todas”.

Nació en Arkansas en el hogar de un contador alemán y una maestra sueca, puritanos ambos. En esa casa no había licor, tabaco ni naipes. Nunca se escucharon gritos ni palabrotas. Ni siquiera un portazo. Tampoco abrazos ni manifestaciones de afecto de ningún tipo. La maestra nunca besó a sus hijos en la boca por temor a trasmitirles gérmenes.

Como Hugh rendía poco en la escuela, tartamudeaba y se comía las uñas, sus padres lo llevaron al psicólogo. Resultado: el chico era inmaduro emocionalmente y genio en lo demás. Su CI marcó 152.

Cursó psicología en dos años y medio en la U. de Illinois. Luego se doctoró en sociología en la U. de Northwestern con una monografía sobre las absurdas leyes sexuales norteamericanas (había una que prohibía el sexo oral entre marido y mujer, seguramente por los gérmenes). La investigación de campo le sirvió para tomarle el pulso a la sociedad de su tiempo: la penicilina había disipado los temores a las enfermedades venéreas e incrementado la actividad sexual del norteamericano medio; el reemplazo de los botones por cierres había facilitado las cosas y multiplicado las tasas de natalidad; se habían popularizado los condones de látex, más baratos, “sensibles” y seguros; el informe Kinsey revelaba que uno de cada dos hombres, y una de cada cuatro mujeres, era infiel (estas cuentas nunca han cuadrado); que nueve de cada diez hombres se masturbaba por mano propia o ajena, amorosa o mercenaria; que el 70 % de las mujeres no conocía el orgasmo; que el 97 % de los hombres ignoraba la existencia del orificio uretral de la mujer y creía que el sexo y la micción se realizaban por el mismo conducto (a mí me sorprendieron ambos datos, el fisiológico y el estadístico). El joven Hefner vivía, pues, en una sociedad puritana, hipócrita y “mal tirada”. Era el hombre preciso en el lugar y el momento apropiados.

Después vino la portada de Marilyn, las grandes firmas, los grandes tirajes, la lluvia de oro, las orgías, el auge del onanismo con fotos de famosas (por primera vez al alcance de la mano del húmedo lector). La idea de la revista era inmejorable, sexo y buen periodismo, materia y espíritu.

Ante el éxito de la publicación, sus puritanos padres recapacitaron, comprendieron que el sexo era un invento divino y aceptaron buenos empleos en el imperio Playboy.

Claro, muchos veían a Hefner como erotómano decadente que presidía orgías con zorras de baja estofa embutido en una bata de seda macabra. Para desmentirlos se compró un jet, lo pintó de negro y dorado y organizó orgías de altura con lo más selecto de la sociedad norteamericana.

La fiesta empezó a decaer cuando llegó internet, cayeron en picada las ventas de las publicaciones porno en papel y Hefner tuvo que venderle el jet a Venezuela a menosprecio. Entonces su hija, Christie Hefner, una chica graduada en literatura inglesa, tomó las riendas de la revista y logró capear el temporal, pero el negocio estaba herido de muerte.

Hasta donde se sabe, Hefner murió en ejercicio de su sexualidad y convencido de que que había realizado una función social clave, que su vida fue la de un cruzado, un humanista que luchó a falo partido “contra leyes absurdas y credos enfermizos que sólo han servido para ocasionar traumas, disfunciones, intolerancia y criminalidad”.

¡Paz en tu tumba, viejo sátiro!

Bibliografía: Gay Talese, La mujer de tu prójimo.

 

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