Por: Saúl Franco

En las universidades también se discrimina

La discriminación, como violación a la igualdad de derechos, permea todo el tejido social. Motivada por diferencias económico-sociales, culturales, políticas, raciales, religiosas, de género o de opción sexual, la discriminación puede ir desde burlas y formas leves e insidiosas hasta agresiones directas y la eliminación y exterminio de los contrarios.

Ni las universidades, pensadas como espacios incluyentes, universales, de vigencia de derechos y superación de las brechas sociales, escapan a la persistencia y reproducción de las discriminaciones existentes en sus entornos. Un estudio reciente sobre el tema, hecho en siete universidades de Bogotá para una tesis de maestría en salud pública (Alarcón, Milena y Toquica, Marcela, Universidad Santo Tomás), detectó su presencia tanto en universidades públicas como privadas, su invisibilización y naturalización generalizadas, y sus efectos negativos sobre la salud física y mental de los/las estudiantes y sobre el ámbito universitario.

El trabajo constató y contrastó formas muy diversas de discriminación. Desde las que  denomina “invisibles”, presentes en el lenguaje, los gestos y el humor cotidianos, pasando por las “institucionales”, sustentadas por directivos, docentes y estudiantes que jerarquizan, valoran y descalifican personas, saberes, profesiones  y universidades, hasta las “estructurales”, con sabor clasista y ancladas en viejos e injustos modelos de distribución de la riqueza, el saber y el poder.

El estudio identificó además la familia como uno de los espacios sociales más importantes para la transmisión y reproducción de los valores, estereotipos y prejuicios que alimentan las discriminaciones, seguida de la escuela, que comprende desde los niveles preescolares hasta el propio campo universitario. Y al tratar de reconocer las relaciones entre la discriminación y la violencia, las investigadoras reconocen la discriminación como manifestación de violencia, como consecuencia de las violencias ya existentes y como estímulo para la generación de nuevas formas de violencia.

Al igual que la violencia, la discriminación hunde sus raíces en las inequidades establecidas y en la incapacidad de tramitar las diferencias sin recurrir a la fuerza, es decir: en la intolerancia. Y si bien ambas —las discriminaciones y las violencias— se pueden y deben enfrentar en muchos escenarios y de muchas maneras, es preciso evitar quedarse en el tratamiento meramente formal o sintomático.

Ya por fuera del ámbito universitario, preocupan hoy algunas formas extremas de discriminación.  La xenofobia contra los migrantes de Asia y África a Europa, las amenazas y asesinatos de defensores de derechos humanos en Colombia y la guerra a muerte contra la minoría musulmana en Myanmar (la antigua Birmania, de mayoría budista) son algunas de las más alarmantes.

De las dos primeras ya me he ocupado anteriormente.  La explosión de la tercera es demasiado reciente. Como respuesta a los ataques de una organización armada que dice defender a los rohingya —nombre dado allí a la minoría musulmana—, el ejército de Myanmar respondió violentamente, quemando sus viviendas, persiguiéndolos y asesinándolos. Según la ONU, en menos de un mes han muerto más de 1.000 rohingyas y más de 400.000 han tenido que huir a Bangladesh, de mayoría musulmana. Esta crisis humanitaria ha cuestionado además la posible responsabilidad de Aung San Suu Kyi, una especie de primera ministra de Myanmar. Suu Kyi recibió en 1991 el Premio Nobel de Paz por su lucha pacífica por la democracia en su país. Tardíamente ha declarado ahora que no elude responsabilidades y que rechaza las violaciones a los derechos humanos. Aún faltan elementos para tener un juicio justo sobre su papel.

No tiene entonces límites ni fronteras la discriminación. Ni debe tenerlos la lucha contra ella, en cualquiera de sus formas, incluidas las étnico-religiosas, y en todos los espacios, incluidos los universitarios.   

* Médico social.

 

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