Por: Eduardo Barajas Sandoval

En manos de los jubanos

Si quieres que una revolución perdure, forma cuanto antes las generaciones de relevo.

Si te quedas hasta que te mueras, todo puede desaparecer contigo; caso en el cual lo que hiciste fue hacer perder el tiempo a todo el mundo, por cuenta de la convicción de ser el único portador de la verdad y de la exclusividad de ese remedo de liderazgo que conlleva el culto a la personalidad.

En lugar de criar niños soldados, costumbre tan común en las guerras africanas, para que alcanzaran a matar un poco y morir temprano, John Garang, un Doctor en Agricultura y Economía, formado en los Estados Unidos y convertido más tarde en jefe de la guerrilla de liberación del Sur de Sudán, decidió escoger medio millar de ellos, separarlos de la guerra y ponerlos a estudiar. La idea era tenerlos listos para darle impulso más tarde al país que soñaba y cuya aparición en el escenario vendría a tener lugar en la segunda década del Siglo XXI.

Garang fue enviado al sur como jefe de una fuerza represora de un levantamiento militar contra los gobernantes radicales que desde Jartum trataron de imponer por la fuerza la ley islámica en territorios habitados por tribus animistas y cristianas no dispuestas a cambiar de ideas religiosas y siempre desconfiadas de poderes ajenos y lejanos. Convencido de la validez de la causa, y de la perspectiva de fundar un Estado que diera albergue a los sudaneses del sur, metidos en el mismo corral con los del norte en la arbitraria división colonial de África, fundó un movimiento armado cuya acción terminó hace seis años luego de un pacto que le permitió regresar a la capital como vicepresidente, ya en el camino de la futura consulta, hoy ya realizada y aprobada, sobre la división del país, para dar nacimiento al Sudán del Sur.

Gordon Buay, antiguo Secretario General del Frente Democrático del Sudán del Sur, dijo oportunamente hace tres años que a partir de 2011 el tiempo de los políticos guerrilleros debería terminar, para dar paso a un liderazgo orientado al desarrollo. El momento había llegado, dijo, de pensar en la paz y el progreso no ya desde los bosques, luego del retiro honorable de los comandantes, para construir un nuevo país a partir de ceros. Reclamó la presencia de “héroes del desarrollo” capaces de cambiar el estatus de su gente y convertirla en ciudadanía, en lugar de montonera de refugiados, interesada en acabar con la corrupción, el arabismo, el islamismo, el tribalismo, el regionalismo, el nepotismo, los abusos en derechos humanos y la sumisión a la dictadura.

El Vicepresidente Garang murió en un, extraño, accidente aéreo en 2006. La obra estaba incompleta, pero con él no se fueron los sueños ni los propósitos de sus partidarios, ni de los ciudadanos de la República que nacerá en los próximos días: ahí están listos los seiscientos muchachos que hace veinticinco años se fueron a preparar con tiempo suficiente para tomar el relevo. La hora de la cosecha llegó. Todos cubren una variedad de profesiones que les permiten abarcar unos cuántos campos en los cuales ya son estrategas, productores de ideas o empresarios. Sudán del Sur nace sin un kilómetro pavimentado de carreteras; no tiene casi hospitales y apenas unas escuelas. Por lo anterior, en apariencia, nace pobre. Pero no.

La riqueza del nuevo Estado radica entre otros en ese grupo dirigente que se preparó hace ya un buen tiempo para la fundación de las nuevas instituciones. En ese empeño tendrán que mostrar su buen criterio y su imaginación para idear algo adecuado a las necesidades de su país, mirando al futuro, y deberán demostrar su capacidad para afrontar el asalto de los banqueros, los diplomáticos, los vendedores de maquinaria, los constructores, los promotores del armamentismo, los agentes religiosos, los mercaderes de ilusiones y los que arman y desarman partidos políticos para conseguir o deshacerse del poder.

En Sudán los llaman los jubanos, no sólo porque la sede principal de su actividad será la ciudad de Juba, nueva capital, sino porque el país al que fueron enviados hace más de dos décadas en un barco de bandera ucraniana fue Cuba, donde aprendieron Español y tal vez mucho sobre lo que se debe, y lo que no se debe, lo que se puede y lo que no se puede hacer, en materias de autonomía, revolución y libertad.
 

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