Por: Eduardo Barajas Sandoval

En Marcha, ¿hacia dónde?

Un movimiento político inventado alrededor de un joven audaz tiene tanto de promisorio como de riesgoso. 

En todas partes parece haber una especie de hastío con los políticos y con los partidos que hasta ahora les han servido para llegar y mantenerse en el poder. Unos y otros han fallado tantas veces, y en algunos casos de manera tan estruendosa, que perdieron prácticamente toda credibilidad. También perdieron identidad a lo largo de un proceso que en cada vez más países los llevó a disolver sus diferencias, cuando no, a aliarse en maridajes prolongados, al punto que sus programas difieren solamente en detalles sobre temas que manejan especialistas, o intelectuales, que animan discusiones que solamente entienden sus contrapartes. 

Los protagonistas habituales de la vida política no han inspirado a las verdaderas mayorías. La cifra de la abstención da la medida precisa. Les siguen unos fieles que añoran los ideales o las luchas de otras épocas, como si con el reiterado voto por la tradición fuese posible revivirlos, o un grupo de beneficiarios de los favores que la clase política depara como recompensa por la participación electoral.  

Todo lo anterior cierra el espacio para el avance de procesos democráticos, que se han visto truncados por la inhabilidad de la clase política. Aunque al mismo tiempo, menos mal, eso mismo ha permitido que el terreno sea fértil para movimientos nuevos, caras nuevas y nuevas formas de pensar. Solo que todo aquello que pueda germinar en ese ambiente lleva una peligrosa dosis de incertidumbre, explicable en la medida que los proyectos políticos recién nacidos, tanto como sus promotores, no obedecen a una tradición ni están fundamentados en una experiencia sólida en el ejercicio del poder. 

Para las nuevas formaciones políticas, y también para su liderazgo y su militancia, todo es nuevo y es incierto. De manera que hay lugar tanto para la esperanza como para la sorpresa. Promotores y ciudadanos prefieren en todo caso arriesgarse, porque en lugar de volver al pasado, creen que es mejor renovar, a sabiendas de que están entrando en una aventura que implica riesgos, preferibles para ellos al marasmo de la mediocridad. 

Francia vive hoy todo esto con motivo de la campaña presidencial. Ahí están otra vez, en el escenario de la campaña presidencial, los protagonistas de una tradición de políticos profesionales, lo mismo que de partidos depurados y experimentados, que han pasado muchas pruebas pero que han dado muestras de haberse agotado. Los últimos dos turnos presidenciales así lo demuestran. Sarkozy desde la antigua derecha y Hollande desde la antigua izquierda han sido ejemplo reblandecido de lo que fueron alguna vez las tendencias políticas que ellos quisieron representar desde la Presidencia. Los sucesores de Chirac y de Mitterrand, para no compararlos con otros más grandes, no parecen haber dado la talla. La muestra está en la contundente derrota del primero cuando quiso seguir en el poder, y la popularidad precaria del segundo, que ni siquiera quiso correr el riesgo de intentar su reelección.

Surge entonces Emmanuel Macron, por fuera de los partidos, desconocido del gran público hasta que fue nombrado ministro de Economía, con un movimiento que irrumpe como de la nada, y se ha convertido en favorito de los franceses, que lo han puesto ligeramente adelante en las encuestas. A juzgar por los cálculos de hoy, y aunque el grupo de los indecisos es muy grande, sería el único capaz de derrotar eventualmente a la temida Marine Le Pen, una especie de Trump a la francesa, en la primera vuelta, y al parecer la superaría ampliamente en la segunda. Todo ello, claro está, a partir del naufragio de François Fillon, el ex primer ministro de centro derecha, que resultó obrando como jefe político de república bananera, al aferrarse a su candidatura y negarse a renunciar, a pesar de la aparente evidencia de faltas que lo harían indigno de gobernar un país democrático y serio. 

Todo parecería “normal” en el proceso de la carrera política de Macron: estudios de Filosofía, entrenamiento en la Escuela Nacional de Administración, la fábrica de presidentes de Francia, miembro del Servicio Civil, exitoso periodo de ejercicio al servicio de la banca de inversión, consejero en la Presidencia de la República y ministro distinguido. Le haría falta haber sido elegido para algún cargo de elección popular. En su favor juega el hecho de haber sido ministro por sus méritos, sin ser militante del Partido Socialista. De su habilidad para sortear dificultades da prueba el hecho de que no ha permitido que le haga mella la vinculación reciente al desprestigiado Gobierno de François Hollande. Por lo demás, a los treinta y nueve años ya es abuelo de siete nietos, provenientes de los hijos de su esposa, que fue su maestra de escuela secundaria y le lleva veinticuatro años de edad.

Nadie sabe, a ciencia cierta, en el largo plazo, en qué dirección orientaría Emmanuel Macron a Francia. Su programa parece nebuloso para muchos, en la medida que no es fácil establecer su “identidad” conforme a los parámetros tradicionales de división entre los grandes partidos. En materias de gasto público, política laboral, fiscalidad, salud, educación y fidelidad a la causa de la Europa unida, plantea medidas que combinan en un “menú” elementos diversos en un alarde de pragmatismo apenas adecuado para quienes desean tenerlo de presidente, lejos de las ideologías y de las grandes diferencias partidistas de otras épocas.

El candidato de la tercería, o el outsider que tantos han soñado, y que anhelan países con grado similar de desencanto y frustración con su respectiva clase política, invita a que los votantes se imaginen en dónde estarían todos en un año. Como si en ese lapso fuese posible hacer aquello que no pudieron hacer en diez veces más tiempo los últimos dos presidentes, ni él mismo recientemente desde el Ministerio de Economía. Pero ahí va, por un cheque en blanco, en medio del desencanto de la clase política, para envidia de países que ya quisieran tener terceras opciones; outsiders que dijeran algo, que fueran creíbles, que se atrevieran a inventar algo nuevo, y que tuvieran un pasado presentable como para que los electores no se vieran conminados a resignarse a ir a las urnas con algún remordimiento de conciencia que, en el caso de elegir a los gobernantes, no debería existir.

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