Escribir un libro es una de las tareas más solitarias del mundo.
Una vez cada dos años, me coloco frente al ordenador, miro hacia el mar desconocido de mi alma, y veo que allí existen algunas islas: ciertas ideas que se desarrollaron y que están listas para ser exploradas. Entonces subo a mi barco (que se llama Palabra) y decido navegar hasta la más próxima. En el camino, he de enfrentarme a corrientes, vientos, tempestades, pero continúo remando, exhausto, ahora ya consciente de que la isla a la que pretendía llegar ya no se encuentra en mi horizonte.
En este momento me pasan por la cabeza escenas aterradoras, como la de pasarme el resto de mi vida comentando los éxitos del pasado, o criticando amargamente a los nuevos escritores, simplemente porque ya no encuentro el valor para publicar nuevos libros. ¿Pero mi sueño no era ser escritor? Entonces debo continuar escribiendo frases, párrafos, capítulos, escribiendo hasta la muerte, sin dejar que me paralicen ni el éxito, ni la derrota, ni las otras celadas. Si no, ¿cuál es el sentido de mi vida? ¿Caminar por la playa de Copacabana sin saber exactamente lo que estoy haciendo? ¿Ponerme a dar conferencias, ya que es más fácil hablar que escribir? ¿Retirarme del mundo de manera misteriosa, y crear así una leyenda que me daría muchas alegrías?
Impulsado por estos tenebrosos pensamientos, por fin me decido: mejor comenzar ahora mismo (siempre necesito encontrar antes una pluma blanca, pero eso es otra historia). Y el proceso del primer libro que escribí se repite una vez más.
Despierto a las nueve de la mañana con la intención de sentarme frente al ordenador (en otro tiempo máquina de escribir) en cuanto termine de desayunar.
Leo los periódicos. Salgo a pasear.
Voy hasta el bar más próximo para charlar un poco con la gente.
Regreso a casa. Recuerdo que he de telefonear a una serie de personas.
Miro de reojo al ordenador, pero ya es la hora de comer.
Mientras como un bocadillo, no dejo de pensar que debería estar escribiendo desde las once de la mañana.
A continuación, me veo obligado a revisar el correo electrónico.
Cuando termino, resuelvo organizar los archivos. Dedico varias horas a esta tarea (durante este periodo, mi ordenador llega a ser el más organizado del mundo).
Se acerca la hora de cenar y entonces, sólo para descargar mi conciencia de este sentimiento de culpa, me pregunto si no debería escribir aunque fuese media hora.
Comienzo por obligación pero, de repente, “la cosa” se apodera de mi voluntad, y ya no consigo parar. La empleada me llama. Le pido que no me interrumpa. Una hora después vuelve a llamarme. Tengo hambre, pero antes, sólo una línea más, una frase, una página. Cuando me siento a la mesa, el plato está frío. Ceno rápidamente y vuelvo al ordenador. Ahora ya no controlo mis pensamientos. Voy encontrándome con cuestiones que nunca había pensado o soñado. Tomo café, tomo más café, y a las dos de la mañana paro finalmente de escribir, porque mis ojos están cansados.
Me acuesto, estoy durante una hora más tomando notas que quiero usar en el próximo párrafo, y que siempre acaban siendo completamente inútiles (sólo sirven para vaciarme la cabeza, hasta que llega el sueño). Me prometo a mí mismo que al día siguiente comenzaré a las once de la mañana sin falta.
Y al día siguiente, ocurre otra vez exactamente lo mismo. Paseo, conversación, comida, culpa, rabia, forcejeo con la primera página, etc.
Pero es así como funciona. No existe otra manera.
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