Por: Esteban Carlos Mejía

¿Envidia o caridad?

UNA LENGUA VIPERINA ME DIJO QUE la última Semana Santa había sido fatal para la literatura universal porque en dos días habían muerto Mario Rivero y Corín Tellado. Quedé súpito.

Durante más de medio siglo, doña María del Socorro Tellado López, Socorrín o Corín Tellado, escribió una obrita semanal para editorial Bruguera y otra quincenal para la revista Vanidades, de Miami, hasta acumular 4.000 novelas de amor y 4’000.000 de ejemplares vendidos, cifra nada despreciable para un subgénero pordebajiado hasta la náusea por intelectuales, académicos y críticos pero reverenciado con fervor por secretarias, amas de casa, oficinistas y lectores inoficiosos. ¡Toda una hazaña! Sin contar las 26 novelas eróticas que publicó bajo el seudónimo de Ada Miller, a lo mejor en homenaje a Henry Miller, el brioso pornógrafo norteamericano que transformó la literatura sicalíptica en literatura de culto.

Aunque lo suyo era el amor, nunca estuvo locamente enamorada, según le confesó hace años a un reportero de un periódico español. “No me seducen las puestas de sol, ni las estrellas, ni la luna llena”, dijo sin titubear. “Yo nunca he dicho ‘te amo’, ‘te quiero’, ‘vida mía’. Sólo lo sugiero en las novelas para que se emocionen otros”. Nada de maricaditas, pues: un escritor debe carecer de sentimientos, como nos lo encomienda Augusto Monterroso en los 12 mandamientos de su Decálogo del escritor, doce, no diez, para que “cada quien escoja los que más se le acomoden y pueda rechazar dos, al gusto”.

La vida de Mario Rivero estuvo signada por lo poético o, al menos, por un sucedáneo de la poesía. Fue una especie de pícaro con suerte al que la literatura jamás le falló ni le faltó, al rebusque siempre, como cualquier colombiano que se respete, desde levantador de pesas en un circo montañero hasta director de la revista de poesía de más tradición en Colombia, Golpe de dados, la misma que durante lustros le ha emborronado el arquitrabe a más de “un fabulador, por no decir farsante”. Su obra, que arrancó con el nadaísmo, a veces es oblicua, a veces perpendicular. Algunos de sus poemas parecen tangos sin arrabal o boleros de despecho a los que les falta una guitarra, un requinto y un par de maracas. No escribió mucho aunque lo hizo con ganas, y no estoy seguro, la verdad, si eso será suficiente para compensar sus carencias e imperfecciones.

Es tan berraco decir lo que uno siente. Es tan peligroso ser ecuánime. Me gustaría no sulfurarme con la diarrea de Corín Tellado ni con la pobreza de sus creaciones. Imposible. Sus novelas son como muslos de pollo apanado… sin carne. Me gustaría releer a Mario Rivero, conocer a los peatones de sus Poemas urbanos o mecerme entre los muslos de sus damiselas de tierra caliente. Tampoco puedo: a cada verso patino, trastabillo, resbalo, caigo y me descalabro. Debo decir, entonces, no me gustan ni Corín Tellado ni Mario Rivero. Decir, por ejemplo, me parecen irrisorias las novelas de la una y anodinos los versos del otro. Dios me perdone. No es envidia. Mucho menos, caridad. Yo sé lo que es tener rabo de paja.

Rabito de paja. “Nunca hubiera sido el escritor que fue si hubiera sido sobrio, práctico y frugal”. Somerset Maugham sobre Honoré de Balzac.

 

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