Por: César Ferrari

Equidad y cómo construirla

Según un ranking construido con base en información del Banco Mundial, Colombia ocupa el puesto 12 con la peor distribución del ingreso entre 157 países y territorios en el mundo. El índice Gini que lo posiciona en ese puesto es de 51.1. Lesoto, un país independiente rodeado por Sudáfrica, ocupa la primera posición con un Gini de 63.2. La isla de Jersey, dependencia británica ubicada en el canal de la Mancha, tiene la mejor distribución del ingreso con un Gini de 0.3 (mejor dicho, casi todos sus ciudadanos tienen el mismo ingreso).

Por su parte, en otro ranking sobre ingreso per cápita, también con información del Banco Mundial, Colombia con 14.500 dólares anuales calculados a paridad de poder de compra (es decir considerando los mismos precios internacionales para todos los países) ocupa el puesto 117 sobre 229 países y territorios. El ingreso per cápita más elevado lo tiene el Principado de Liechtenstein en Europa central (entre Austria y Suiza) con 139.100 dólares y el menor lo tiene Burundi en África oriental con 700 dólares.

Jersey, el de la mejor distribución del ingreso, ocupa el puesto 21 con un ingreso de 56.600 dólares, ligeramente por debajo de Estados Unidos que ocupa el puesto 19 con un ingreso de 59.500 dólares. En general, los países más ricos tienden a tener una mejor distribución del ingreso, con excepciones como Estados Unidos que ocupa el puesto 39 con la peor distribución del ingreso.

Es apenas obvio que un objetivo deseable es convertirse en país de ingreso per cápita elevado y una distribución del ingreso equitativa; lo que significa que sus ciudadanos puedan satisfacer, más que adecuadamente, sus necesidades básicas sin depender de subsidios y que, además, esa situación la puedan disfrutar todos sus ciudadanos, casi por igual. El asunto es cómo lograrlo.

Hay varias cuestiones que deberían resolverse para ello. Primera, es indispensable una educación para toda su población, que no solo sea de alta calidad, sino que esté orientada a resolver problemas en forma crítica y creativa, y no a repetir textos y autores. La educación orientada a resolver problemas la tienen como objetivo los asiáticos, la segunda la tenemos los latinoamericanos, por eso nos va tan mal en las pruebas PISA. La educación es fundamental para una productividad elevada y esta es fundamental para lograr ingresos elevados.

La segunda cuestión tiene que ver con el desarrollo de instituciones adecuadas. Significa, por ejemplo, establecer y garantizar los derechos de propiedad, a la igualdad ante la ley o a la competencia plena en los mercados para consumidores y productores, particularmente en los importantes, como los mercados de crédito. El hecho es que el rentismo (ganar haciendo nada salvo aprovechar las ineficiencias del mercado), que se origina en situaciones de competencia imperfecta en el mercado, produce concentración del ingreso.

Pero la cuestión más importante tiene que ver con crecimiento elevado e inclusivo. Si la economía crece alrededor de 3% por año, duplica ingresos entre 46 y 50 años, es decir, en tres generaciones. En cambio, si crece alrededor de 10% por año, como los asiáticos por décadas, el ingreso se duplica en siete u ocho años. Hacerlo en forma inclusiva significa hacerlo distribuyendo equitativamente el ingreso que se genera en ese crecimiento.

Para crecer con esas características se necesita resolver dos cuestiones fundamentales. Primero, lograr tasas de ahorro e inversión elevadas; no las tasas típicas latinoamericanas de alrededor de 20% del PIB sino las asiáticas, de alrededor de 50% del PIB. Esa es la única manera para que la capacidad de producción aumente aceleradamente para producir cada vez más bienes y servicios y contratar cada vez más trabajadores. Segundo, lograr que los bienes y servicios que las empresas producen sean competitivos a nivel internacional. La cuestión es simple: si no son competitivos no se venden, y si no se venden, ¿para qué producir más y para qué contratar más gente?

Que los bienes y servicios sean competitivos significa que los precios a los que las empresas pueden venderlos superan los costos de producirlos. De tal modo, hacerlos competitivos implica reducir sus costos y eso exige, por ejemplo, en una situación de mercados de créditos imperfectos, regularlos para incentivar la competencia para que las tasas de interés se aproximen a las internacionales. Implica también que los precios a los que se vendan sean relativamente elevados y eso significa una tasa de cambio elevada y estable, lo cual implica una política monetaria que valide la nueva estructura de precios definida por una menor tasa de interés, una mayor tasa de cambio y, progresivamente, mayores salarios.

Por cierto, si los precios superan los costos significa que la producción correspondiente es rentable y las empresas dan utilidades: esa mayor utilidad significa más ahorro. La cuestión es que esos ahorros: 1) no se transfieran al Estado vía impuestos superiores a los internacionales y 2) no se destinen al consumo sino a la inversión. Esto depende de la estructura tributaria: cuanto más altos sean los impuestos a los dividendos, por encima de los que pagan las empresas por sus utilidades, más incentivo habrá para no distribuirlos y reinvertirlos. De tal modo, elevar la tasa de ahorro y de inversión de la economía pasa por hacer competitivas a las empresas, y por tener una estructura tributaria que imponga impuestos empresariales similares a los internacionales e impuestos a los dividendos que desincentiven la distribución de utilidades.

Todo ello exige que la política económica responda a los intereses generales, lo que implica más democracia. Las democracias genuinas tienen, qué duda cabe, procesos electorales regulares, respetados y respetables, en ellas la ley se aplica a todos por igual, se respeta a la oposición sin cortapisas, pero, sobre todo, los mandatarios y representantes elegidos actúan en representación de los intereses generales y no de los intereses particulares.

Es decir, construir una sociedad rica y equitativa pasa por construir más democracia. No es casualidad que los países con mayores ingresos per cápita y, al mismo tiempo, los más equitativos sean países democráticos auténticos, como los escandinavos: Noruega, Suecia y Dinamarca.

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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