Es necesario huir

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Cada vida reproduce la totalidad de la historia humana, aunque no lo verbalicemos ni seamos conscientes. Todos hemos experimentado nuestra propia guerra de Troya, nuestras pestes mortíferas, nuestro descubrimiento de América o la exploración de los polos. También nuestra Revolución francesa y nuestra singular caída de Berlín o de Tenochtitlán, y hemos compuesto nuestras muy personales Canciones de Bilitis. Somos una sola experiencia humana. Lo que nos hace únicos (porque somos únicos) es el modo en que cada uno interpreta el viejo drama de vivir, esa antigua partitura que en la juventud nos exalta y que, con los años, se vuelve algo insípida, reiterativa. A veces anhelamos salir de ese guion ya visto, pero ¿cómo? Hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres. Lo no vivido parece estar en la periferia y es cada vez más inalcanzable. ¿Irse, cambiar, ser otro? Escribir es un modo de ponerse frente al toro y esperar su brutal embestida, sin cerrar los ojos. O poner al día y renovar con la mirada de hoy (y los problemas y las metáforas de hoy) aquello que la especie ya conoce, esas experiencias que ya eran nuestras y que, por eso mismo, se imponen, claman por existir. Lo totalmente desconocido es invisible y nos atormenta. El temor a lo invisible es como el amor a lo invisible: apenas un acto de fe.

¿Ya hemos vivido todo esto? El encierro, la pandemia, el miedo. Por supuesto que sí, infinidad de veces. La reclusión es también una metáfora del yo. Ese yo aprisionado en nuestro cuerpo, en nuestro cerebro, estómago y sexo. En todo lo que lo conforma y le es propio, pero surge la pregunta: ¿también las enfermedades de las células o los microbios o incluso el virus del COVID-19, una vez que entra a mi cuerpo, forma parte de mi yo? No, no. La microbiología enseña que esos son agentes patógenos, externos. Se alojan en el cuerpo y lo convierten en “hospedante”. Fea palabra que proviene del hecho de que, en español, la voz “huésped” nombra solo a quien llega de visita, no a quien recibe, como en inglés o francés.

Mi cuerpo es parte de mi yo, pero puede recibir forasteros, seres ajenos. Esa otredad que me relaciona con el entorno natural. Mi cuerpo es hogar de paso de millones de bacterias y virus; es a la vez un puerto, un monasterio, una fortificación, un arca de Noé para infinidad de formas bacterianas que, como nosotros, anhelan sobrevivir. A veces este castillo se debe confinar, levantar sus puentes y poner sus tropas en alerta. Las metáforas militares son las que mejor explican la acción de las defensas antivirales. El cuerpo se defiende: dado que gran parte de los patógenos de peligro pueden entrar por la boca, los ojos o la nariz, el cuello es el corredor fundamental. Ahí están las alarmas más sensibles. Por eso da tanta fiebre, que es un llamado de alerta: ¡a todas las unidades! Si el enemigo logra sobrepasar el cuello, llegará a órganos claves como los pulmones, el estómago y los riñones. El enemigo entrará a las salas de mando y le será más fácil doblegar el castillo. Por eso los encierros dentro del encierro. El yo se evade hacia lo profundo, busca una salida o una improbable metamorfosis. Pero solo la poesía puede alejarlo de ahí, indemne, por caminos que ya casi nadie recorre. Sí, a veces es necesario huir.

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