¿Es viable la alternancia en la educación colombiana?

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Hace un mes el Ministerio de Educación propuso que a partir de agosto se desarrolle la “alternancia” o combinación entre presencialidad y virtualidad en los colegios del país. Desafortunadamente, la propuesta se hizo en medio del acelerado crecimiento de los contagios. Adicionalmente, coincidía la fecha de retorno con el momento en que se prevé el mayor nivel de muertes.

Por otra parte, el histórico descuido de la educación pública en nuestro país ha quedado a la vista de todos. Sin agua, sin jabón y con grupos de estudiantes excesivamente grandes en cada salón, el 90% de los padres han decidido por lo pronto –y según todos los sondeos-, no enviar a sus hijos a los colegios y los profesores de colegios oficiales han optado por no acatar la disposición. Por su parte, todas las universidades públicas decidieron permanecer en la virtualidad. Así mismo, varias Secretarías de educación han señalado elementos centrales a tener en cuenta para tomar estas decisiones. Resalto un argumento de la Secretaría de Antioquia: ¿Cómo se pueden garantizar condiciones de bioseguridad si tenemos 500 colegios sin agua en el departamento? Por su parte, el secretario de educación del Chocó afirmó que ningún colegio del departamento tiene agua de manera permanente.

Los defensores de un pronto retorno a clases dicen que la escuela es un espacio protector y que sería mejor que los niños estuvieran en la escuela y no encerrados en sus hogares. Estamos totalmente de acuerdo, como también con quienes señalan que un niño necesita de sus compañeros para estar más feliz. Todos deseamos que los niños vuelvan a abrazarse; pero lo cierto es que, si pudieran regresar, llegarían en condiciones de aislamiento a las aulas de clase. En las nuevas condiciones, me temo que la presencialidad puede ser más distante que la virtualidad.

Las Asociaciones de Psicología y Psiquiatría de EEUU han recomendado el retorno a clases para los niños. Si yo viviera en EEUU, también estaría de acuerdo, porque allá ningún colegio carece de agua o jabón y en ninguno hay tantos niños por salón. La pregunta es ¿cómo podríamos hacerlo en Colombia con cursos de más de 38 estudiantes, en espacios tan pequeños y sin saneamiento básico? Parece que esta situación no se ha tenido en cuenta.

No está en discusión la pertinencia de las escuelas, sino el momento adecuado para retornar a ellas, el cual ha sido ubicado por el MEN en la misma fecha en la que la Universidad de Washington estima que Colombia podría tener entre 1.000 y 3.200 muertes diarias, dependiendo del manejo que le dé el gobierno a la pandemia. En este contexto, las preguntas relevantes podrían ser otras: ¿Cómo garantizamos que el gobierno nacional haga las inversiones en saneamiento básico y bioseguridad antes que lleguen los niños a los colegios?, ¿qué ha hecho el gobierno para ampliar la conectividad y garantizar que la mayoría de los estudiantes permanezcan estudiando en casa?, ¿qué nuevo personal contratarán para garantizar el distanciamiento social y evitar las aglomeraciones? ¿cómo piensan dividir los grupos muy grandes de estudiantes? Mientras estas preguntas no se resuelvan, me temo, que la gran mayoría de padres que puedan hacerlo, no enviarán a sus hijos a los colegios.

No estamos ante un problema menor. Los estudiantes de los colegios duplican el número de trabajadores de las empresas del país, estamos hablando de menores que no tienen la autonomía para respetar las normas de distanciamiento. En el fondo los niños no extrañan las matemáticas sino jugar con sus amigos. En este caso los juegos consistirían en intercambiar tapabocas y abrirles huecos para tomar el jugo o abrazarse a escondidas de sus profesores. Algunos adultos hablan como si nunca hubieran sido niños y algunos expertos se expresan pensando en colegios ubicados en Dinamarca y no en Cundinamarca, Chocó o Antioquia.

Es cierto que los niños tienen un menor nivel de contagio y eso es algo muy importante a tener en cuenta, pero ningún estudio afirma que no contagiarán a sus padres, profesores y abuelos. También cabe preguntarse, ¿qué sentirán los niños a quienes sus padres les prohíben acercarse a sus abuelos o a ellos mismos, porque vienen de espacios posiblemente contaminados? Un estudio de la Universidad de Granada en España, por ejemplo, demostró que un grupo de 20 estudiantes entra en contacto con 800 personas en menos de una semana. Esos datos no deben desconocerse para realizar una apertura precipitada de los colegios.

Es claro que cada día más personas tendrán que salir a trabajar, que los padres no pueden dejar solos a los menores y la sociedad no podría permitir que lo hicieran. En consecuencia, ¿qué podemos hacer para garantizar el derecho a la educación y para que continúe un gradual proceso de reactivación económica? La solución no es fácil, pero es posible. Se requiere voluntad política, claridad, recursos y trabajo en equipo.

Nadie puede desconocer que un desempleo del 22% también es una tragedia de graves proporciones. Todos estamos de acuerdo en que, en educación, la virtualidad no compensa todo lo que garantiza la presencialidad, especialmente a nivel emocional. Sin duda, ese es un argumento muy importante a favor del retorno a clases presenciales. Pero tampoco hay que olvidar las recomendaciones de los expertos avaladas por el gobierno: lavarse las manos, no participar de aglomeraciones, evitar espacios cerrados y garantizar distanciamiento social. Resulta que, en una buena parte de los colegios del país, los niños no pueden cumplir con ninguna de ellas.

Es evidente que no se puede legislar igual para contextos tan diversos que incluyen, por ejemplo, 833 municipios sin presencia del virus en los que sin duda la presencialidad debería estar garantizada. Colombia es un país con particularidades en cada una de sus regiones y por ello elaborar protocolos nacionales no es muy pertinente.

El MEN debería escuchar y convocar a la comunidad para que se haga un proceso contando con la participación de los profesores de las diversas áreas y ciclos que garantice la programación de una excelente televisión educativa. Si se cumple con esta condición, quienes se queden en casa tendrían acceso a programas televisivos seleccionados, acompañamiento de sus acudientes y seguimiento de sus profesores. Así mismo, debemos trabajar para que el mayor número de jóvenes pueda estudiar desde su hogar, sin tener que desplazarse a los colegios. Para ello hay una condición sine qua non: que los jóvenes de bachillerato puedan trabajar desde su casa vía internet, tarea en la que está empeñada Bogotá de manera acertada. No solo está mejor que el país, sino que, la SED está comprometida a entregar cien mil nuevos computadores con conectividad y está tratando conseguir los demás mediante el apoyo ciudadano.

Es diferente la situación de las demás regiones. En Colombia hay 5,5 millones de hogares con niños entre los 5 y los 18 años estudiando. De ellos, 4 millones pertenecen a los estratos 1 y 2. El problema es que el 82% de hogares de estrato 1 y el 48% de los hogares de estrato 2, con hijos escolarizados, no tienen internet. El reto es brindarles red a los jóvenes para garantizar la continuidad de los estudios en bachillerato. El problema es que en el país la conectividad en medio de la pandemia, crece a paso de tortuga lesionada. Tal como vamos, tardaríamos más de 100 años en brindarles la conectividad que necesitan para los meses siguientes.

El derecho a la conectividad de los jóvenes exigiría un esfuerzo de las empresas que prestan el servicio, de los gobiernos locales y nacionales y de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, hay que reconocer que quedarse en casa no es viable para la gran mayoría de los niños de educación inicial y primaria, porque el trabajo virtual exige un nivel de lectura y de autonomía del cual carecen. En este contexto, hay que adecuar las instituciones educativas para recibir a los menores que no puedan quedarse en casa. Para ello es indispensable cumplir con todas las condiciones de bioseguridad. Esta tarea exige inversiones en sanidad básica que tienen que estar a cargo del gobierno nacional y realizarse antes de que llegue el primer niño a las aulas. También es indiscutible que requerirá nuevas contrataciones de docentes de manera que se garantice que no haya aglomeraciones en clases, descansos, almuerzos, ingresos y salidas.

La alternancia es posible si garantizamos internet gratuito para todos los jóvenes de secundaria y media y si el MEN escucha a las comunidades. La pregunta es si el ministerio y el gobierno nacional están en condiciones de garantizar los recursos y si están dispuestos a concertar con las comunidades. De esto dependerá que se puede llevar a cabo. ¡Entre todos lo podríamos lograr! Por el desarrollo de los niños y para garantizar una gradual reactivación económica, vale la pena el esfuerzo, siempre y cuando se haga de una manera responsable, gradual y segura.

* Director del Instituto Alberto Merani (@juliandezubiria).

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