Por: Héctor Abad Faciolince

Escrito en el futuro

A veces uno puede tener la sensación de estar después. Hoy, concretamente, escribo esta nota desde la isla del día después, desde nuestros antípodas en el mapamundi y en la zona tórrida: desde la isla de Java. Son las seis de la mañana del viernes tres de noviembre; en Colombia todavía es ayer: las seis de la tarde del jueves dos. Si me muriera en este instante y mis hijos supieran la noticia dentro de una hora, podrían decir: “nuestro padre se murió mañana”.

Pero no es en ese sentido del huso horario mundial que me siento en el futuro. La sensación que tengo es más cultural, ambiental y más preocupante: siento que las grandes ciudades de la isla más poblada de Indonesia (fascinante en muchos otros aspectos) anuncian el futuro ominoso de nuestras grandes ciudades colombianas y latinoamericanas: polución incontrolable del aire, hacinamiento, agua impotable y el tráfico más loco y desesperante de la tierra.

Desde cuando llegué a Yakarta hace más de una semana, he tenido tos y un persistente dolor de garganta. Primero creí que era un resfriado por el contraste entre el calor y la humedad de afuera, y la sequedad y el frío del aire acondicionado; después pensé que era un virus; luego lo atribuí a una infección y empecé a tomar antibióticos. Como el dolor y la tos no se me quitan con nada, y tengo los ojos rojos, ahora creo saber a qué se debe: es la contaminación del aire, que aquí ni siquiera se atreven a medir, pero debe ser de las más altas del mundo.

Vengo de Medellín, que no es propiamente un ejemplo de aire puro. Pero esto es otra cosa: esto es un nivel superior del mal aire. Y el motivo principal es muy simple: en la isla de Java y especialmente en Yakarta la gente se transporta sobre todo en moto. Hay decenas de millones de motocicletas rodando por la isla, zumbando y dando vueltas como moscas. En la sola Yakarta circulan casi 30 millones de motocicletas.

Si el tráfico de Lima, Bogotá, México, Medellín les parece infernal, es porque todavía no han visto este otro círculo, mucho más hondo, del infierno. El infierno del tránsito urbano. Y Yakarta, repito, es una imagen de nuestro futuro si seguimos por el absurdo camino que hemos tomado también en Colombia. Este infierno de motos contaminantes y tráfico imposible es lo que nos espera a la vuelta de pocos años si los gobernantes no hacen algo por invertir la terrible tendencia suicida que estamos siguiendo.

Este camino a la locura está conformado por la peor de las alianzas: la que hay entre una pequeña élite poderosa y oligárquica que se lucra de la venta, importación y ensamble de motos a bajo costo, y otra pequeña élite populista de izquierda que se une con esos oligarcas para gritar que la moto es la mejor y la más barata solución de transporte para los pobres, para el pueblo. Ganancias infinitas por un lado, y populismo barato por el otro.

De este matrimonio contra natura se deriva un desprecio e incluso una animadversión por el transporte público de calidad (metro, tranvías, carriles para buses articulados, bicicletas públicas, bicicletas eléctricas) y una complacencia feliz (antiburguesa, dicen) con la loca anarquía de las motos, en la que los nuevos pobres individualistas se mueven como les da la gana. Y matan. Y se matan.

A los columnistas nos aborrecen a veces por criticarlo todo sin proponer soluciones. Propongo, pues, algunas soluciones: impuestos crecientes y feroces a la compra de motos y de automóviles particulares. Uso de esos impuestos en implementación de nuevos servicios cada vez mejores y combinados de transporte público: líneas de metro, tranvía y buses articulados. Bicicletas y carros compartidos (ojalá eléctricos). Escaleras eléctricas e incluso “tapis roulantes” (cintas transportadoras) elevadas para los peatones. Estimular el uso de la moto como medio de transporte individual solo nos llevará a este infierno asiático que, visto desde el futuro, está comprobado que no funciona, que es absurdo y contaminante, que es horrendo.

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