Por: Arturo Charria

Escuchar a las víctimas sordas

Basta con escuchar atentamente una sola historia de las víctimas del conflicto armado para sentir la empatía y la solidaridad que las cifras no producen.

La historia que me gustaría contar comienza con la entrega de restos óseos a los familiares de una víctima de desaparición forzada. La entrega la realizó la Fiscalía General de la Nación y para tal procedimiento se manejó el protocolo establecido: apoyo psicosocial, sicológico y jurídico. Sin embargo, en este procedimiento había una particularidad, uno de los hijos de la víctima, Andrés*, era una persona sorda que, adicionalmente, tenía un uso muy limitado de la lengua de señas colombiana. Se trataba de una familia de una vereda de Caquetá cuya madre había sido víctima de desaparición forzada hacía 15 años. Durante el trabajo de alistamiento previo a la entrega de los restos, la profesional de apoyo psicosocial de la Fiscalía hizo varias preguntas sobre los recuerdos y las memorias que los hijos tenían de su madre. Para garantizar el derecho que tenía Andrés durante la entrega, la Fiscalía solicitó al Instituto Nacional Para Sordos (Insor) el servicio de interpretación, el cual consistía en dos intérpretes y un profesional sordo que apoya a éstos cuando el interlocutor tiene un manejo limitado de la lengua de señas.

Mientras los otros hijos de la víctima hablaban sobre su madre, Andrés seguía la conversación de sus hermanos apoyado en el servicio de interpretación. Andrés pidió la palabra, quería compartir los recuerdos que él también tenía de su madre y de su infancia, pues cuando ella fue desaparecida él tenía 11 años. Movió sus manos y habló de paseos al río, de cómo su madre les enseñaba a hacer jabón y de la vez que se había metido en problemas por quemar una parte del techo de la casa. Recordó muchas cosas: como el lenguaje que había creado con su madre para comunicarse con señas que sólo ellos dos conocían, y trató de describir, con palabras que no existen, el dolor de su ausencia.

Mientras Andrés movía sus manos para revivir sus recuerdos, los hermanos lloraron por primera vez en toda la sesión. Andrés dejó las manos sobre la mesa y la sala quedó en silencio; sus hermanos se pararon y lo abrazaron. Aún lloraban. Cuando la sesión reinició, uno de los hermanos dijo que nunca habían podido hablar con Andrés sobre la desaparición de su madre y no sabían lo que recordaba, ni la tristeza que sentía. Dijeron que era la primera vez que escuchaban a su hermano.

La historia de Andrés permite reflexionar sobre la cantidad de testimonios que no han podido ser escuchados y, lo que es más complejo aún, las historias que no tienen las palabras precisas para ser narradas. Pero la historia de Andrés también nos habla de otro vacío: el de las entidades que trabajan con víctimas y su relación con la comunidad sorda, pues no sólo se trata de crear contenidos accesibles, sino de comprender la dimensión humana de una población que históricamente no ha sido escuchada. Basta con pensar lo que pudo significar para Andrés vivir encerrado durante 15 años en el silencioso ruido de su tristeza, que se repetía en su memoria, una y otra vez, como un eco que no termina.

* Llamaremos de esta manera en el relato al hijo sordo de la madre víctima de desaparición forzada.

charriahernandez@hotmail.com, @arturocharria

 

 

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