Por: Umberto Eco

Espejo, espejito

Es verdad. Hace tiempo, en una entrevista al Süddeutsche Zietung, para decir cuáles de las mujeres de la historia del arte despertaban más mi admiración (en realidad era mucho más prosaico y decía con cuál habría salido a cenar con  gusto) mencionaba yo, junto a la Dama del Armiño, también a la reina Uta de Naumburg. Desde entonces  muchos alemanes me envían fotos y libros sobre Uta y, en el fondo, está muy bien eso de idolatrar a una mujer que murió hace ocho siglos y encontrar a tantas personas que te mandan su foto.

La estatua de Uta de Ballenstedt (que vivió en el siglo XII y fue esculpida un siglo más tarde) aparece casi en forma de columna en la catedral de Naumburg y se ha reproducido mucho porque se convirtió casi en un ícono del pangermanismo neorromántico, tanto, que me entero sólo ahora (lo confieso y lo tomo del libro del que les hablaré) que la propaganda nazi la explotó como prototipo de belleza aria y ejemplo de arte clásico que había de oponerse al arte degenerado de las vanguardias pluto-judeomasónicas. Lo siento, yo amaba a Uta en calidad de amante de temas medievales, y seguiré amándola, porque su rostro es bellísimo. Por lo demás, de su cuerpo se sabe poco, porque Uta no se presenta desnuda como una Venus griega cualquiera, mediterránea y un poco sudorosa, sino que se yergue casta y altanera con “su cara bellísima enmarcada por una venda que exalta su óvalo, los labios apenas entreabiertos, la diadema con sus lirios, la amplia capa con el cuello levantado y al mismo tiempo ceñida al cuerpo con un gesto que parece más trémulo que imperioso”.

Al no poder publicar la foto de Uta en esta página, cito la descripción de Stefano Poggi, el cual (recordando entre otras cosas aquella declaración de amor mía o invitación a cenar) publica con la editorial Cortina La vera storia della Regina di Biancaneve (“La verdadera historia de la reina de Blancanieves”), un libro extravagante que empieza con el relato de una peregrinación por las tierras que fueron de Nietzsche donde casi por casualidad llega a Naumburg y allí, nada más ver a Uta, el autor y otros con él consideran haber encontrado el retrato preciso de Grimhilde, la reina mala de Blancanieves y los siete enanitos.

La verdad, no me ha gustado nada. Si bien es verdad que Grimhilde se viste igual que Uta, su belleza es malvada, mientras que a Uta como mucho la podemos considerar un tanto fría, pero es suave. Por eso cuando el autor menciona una habladuría según la cual la que inspiró a Grimhilde fue una actriz de los años treinta, Helen Gahagan, que con una ropa casi igual interpretó a la mítica She, belleza sublime y maldita, inspirada en la novela celebérrima de Ride Haggard, he empezado a consolarme. Y el asunto no me disgusta porque esa misma novela inspiró ese cómic de Lyman Young que en Italia se llamó La misteriosa llama de la reina Loana (y alguno de mis 25 lectores sabrá que ocupa un lugar en mis recuerdos infantiles).

Pues no, la pista de “She” no convence a Poggi, que se emplea en una intensa búsqueda para demostrar que Walt Disney, que había recogido muchos materiales para su película, conocía la estatua de Uta, así como sin duda alguna también la conocían sus colaboradores, y que se inspiró efectivamente en Uta, llevando a cabo una rotación del personaje de por lo menos 180 grados, transformándolo en un ícono de gracia real a imagen de la perversidad.

Parece ser que Goebbels y su entorno se enteraron del asunto y semejante desaire a la estética aria hizo que los circuitos cinematográficos alemanes no compraran Blancanieves. Y de aquí se podría incluso sospechar, como habrían hecho los nazis, que la vejación era intencional, visto que Hollywood era notoriamente un antro de judíos o un poco de comunistas y antifascistas.

Poggi es muy honesto: aporta una sustanciosa bibliografía en la que se ha documentado pero avisa: “No todo lo que se ha narrado es auténtico o, de todas formas, documentado. Hay algunos episodios que son fruto de una razonable inducción fantástica, llevada a cabo a partir de las fuentes citadas”. Y por lo tanto, este libro, que empieza como el diario de un peregrino por los caminos de Santiago de Compostela y sigue como una reconstrucción historiográfica, no es un libro que aspire a ser “científicamente” definitivo. Y puesto que parece de lo más insignificante saber si Uta inspiró de verdad a Grimhilde o no, se nos presenta como un libro “inútil”. Claro que es agradabilísimamente inútil, pues narra una especie de obsesión, de obstinación mental y documental para darse una satisfacción que a otros les parecerá completamente extravagante. Y es verdad que el lector seguirá esta aventura en los territorios de lo irrelevante con deleite, el mismo (creo) que ha experimentado el autor al llevar a cabo esta búsqueda de un Grial al revés. Con la sospecha de que, en el fondo, Poggi habría salido a cenar con Grimhilde, su espejito mágico.

* Novelista y semiólogo italiano. c.2007 Umberto Eco/L'Espresso

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