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POR PRIMERA VEZ, MIS PROPÓSItos de Año Nuevo no serán cosas imposibles o improbables de lograr. Uno aprende (o tiene que aprender) de sus errores.
¿Para qué proponerme vainas que, de entrada, no voy a cumplir? ¿Para qué, Dios mío? ¿Levantarme a las cuatro de la mañana a revisar el e-mail? ¿Acaso soy candidato presidencial? ¿Trotar diez kilómetros por las lomas de Envigado, las más bravas del valle de Aburrá? ¿Acaso quiero correr media maratón o maratón entera? ¿No tomar tinto en ayunas? ¿Echarle leche de soya a los corn flakes? ¿Caminar descalzo por la casa? ¿Acaso quiero ser gurú de alguna nueva teología? ¿Leer hasta el final las columnas de Fernando Londoño Hoyos? ¿Acaso soy masoquista? No, mejor este año seguiré en el hedonismo, viviré la vida sin complicaciones, lo más irresponsable del mundo, genio y figura hasta la sepultura, mero rabo de paja, pues.
Por ejemplo, cada vez que el nuevo comisario de la Inquisición (o Procurador) Ordóñez ensalce el derecho divino y el derecho natural, las dos entelequias que sustentan su concepción de la justicia, suspenderé lo que esté haciendo y me reiré a carcajadas hasta destornillarme.
Y, en cambio, bostezaré de lo lindo cuando me acuerde del estrabismo de cierta izquierda que vota por la derecha, a sabiendas de que la derecha nunca (¡jamás de los jamases!) vota ni votará por la izquierda.
Creeré en la blanca inocencia de Barack Obama hasta que la realidad demuestre lo contrario, un bombardeo israelí por aquí, una escalada yanqui en Afganistán por allá, un bloqueo a Cuba, otra guerra de las drogas en México o en Colombia, la República Imperial a ultranza, qué sé yo.
No me dejaré descrestar ni por el chavismo de derecha de Uribe ni por el uribismo de izquierda de Chávez.
Leeré más y releeré mucho más, hasta donde aguante mi ojo biónico, el izquierdo bendito.
Volveré a leer 2666, de Roberto Bolaño, y Guerra y paz, del conde Tolstoi.
Y leeré lo que me falta de Javier Marías, Lobo Antunes y J. M. Coetzee.
Incluso me le mediré al tercer tomo de El hombre sin atributos, de Robert Musil, “lo que no mata, engorda”, como dicen con picardía las señoras que hacen fritanga por los alrededores del Atanasio Girardot, acá, en Medallo, eterna primavera nomás.
Disfrutaré con la inteligencia, sensibilidad y amena erudición de Mi diario, de Ricardo Bada.
Buscaré las crónicas de Alberto Salcedo Ramos, en cuyas páginas aletea jocoso el espíritu de Papá Hemingway.
Le mandaré mis “Dulce jueves” de poesía a más y más cronopios en la web.
Beberé vodka como si fuera cómplice de Raskolnikov y whisky como cualquier Edgar Allan Poe, cupo completo, después de todo, como a Abraham Lincoln, la experiencia me ha comprobado que “gente que no tiene vicios, tiene muy pocas virtudes”.
Y, no me jodan la vida, le haré fuerza al Poderoso Medellín. ¡Este año sí, carajo!
Rabito de paja. Lo último será lo primero: viviré para escribir y escribiré para vivir.
