Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Esto se volvió un video

El video Santrich-Márquez genera una situación complicada y peligrosa. Y aunque la raíz del problema se ha intentado cubrir con una hojarasca de frases rimbombantes, no necesitamos —aún— escarbar demasiado para encontrarla.

El gobierno Santos y las Farc llegaron a un acuerdo de paz, al que el Centro Democrático se opuso ferozmente. De hecho, ganó un plebiscito contra él, cosa que resquebrajó seriamente su legitimidad democrática. Siempre que pudo, lo saboteó, combatió y calumnió. Después, se impuso en las elecciones presidenciales básicamente contra “la paz de Santos”. Los personeros menos taimados —o más tontos— del partido prometieron que harían trizas la cosa. Eso es precisamente a lo que se ha dedicado Duque, metiéndole a la operación más maña que fuerza: a minar, resquebrajar, volver a renegociar por enésima vez, escamotear, el pacto de paz. Cuando salió el video Márquez-Santrich, Duque de hecho tenía preparada una nueva reforma a la justica transicional. También había mantenido hasta la hora de la nona la continuidad de los ETCR en vilo. No creo que haya aflojado un poco su posición en uno y otro terreno por el video, sino para no antagonizar a la comunidad internacional, que sí parece haber entendido lo que aquel significaba.

Lo que me lleva al otro eslabón del razonamiento: todo el mundo (literalmente) sabía que las Farc estaban dedicadas a la guerra. ¿O me equivoco? Era lo suyo. Por eso se negoció la paz. Fíjense: ahora los gringos están haciendo lo propio con los talibanes, que se volvieron hace tiempos el epítome del grupo terrorista. Es que a veces (cierto, no siempre) la paz es mejor que la guerra.

La paz se acuerda con una serie de incentivos para todas las partes. De lo contrario, nunca se podría llegar a un entendimiento. Ahora bien: si uno se dedica sistemáticamente a quitarle los incentivos a un grupo de personas para que se comporten de la manera A, bajará la probabilidad de que ellas lo hagan. Aunque en ciencias sociales no tenemos nada que pueda llamarse una “ley” como las que existen en otras disciplinas, esta sencilla frase que acabo de transcribir es quizás lo que más se acerque a serlo.

Traducido al tema que nos ocupa: hay que preguntarse (y creo que es precisamente el momento de hacerlo) si todo esto hubiera pasado de haberse cumplido el acuerdo con un mínimo de estabilidad y seriedad. Claro que lo de Márquez-Santrich es fatal: no sólo por promover una guerra oscura, matona y retrógrada, sino por ponerle en bandeja a la derecha una tabla de salvación cuando su suerte en los sondeos de opinión parecía decaer decisivamente. Parafraseando a Fouché: “Es un crimen Y una estupidez”. Pero ni el uno ni la otra son gratuitos: obedecen a un contexto, y posiblemente a la preferencia explícitamente declarada de tener (“mil veces”) a “los bandidos en armas” (en el monte) y no “al sicario moral” (en el parlamento).

La dinámica subyacente al problema la reveló con claridad el presidente Duque en su respuesta al video: sus ataques a los que se quedaron resultaron siendo más duros, aunque menos estridentes, que aquellos contra los que se fueron. Por ejemplo, afirmó que el video demostraba que las Farc no habían devuelto realmente sus armas ni sus uniformes, lo que de hecho pone gratuitamente en la picota a la gente que está cumpliendo. Mientras tanto, llamó a los otros uber-narco-asqueroso-infame-terroristas. El Paisa debe de estar alarmadísimo, es la primera vez que le hablan así. Ya veremos cómo reacciona cuando Guaidó lo coja.

Los uribistas, pues, van consiguiendo lo que querían: sus trizas. Pero ese legado no les queda a ellos, sino a todos nosotros. Y falta aún la agenda grande: glifosato, referendo de Paloma, reforma a la justicia, que es lo que más necesita Uribe. Todo muy radical, pero también terriblemente light e irresponsable.

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2019-09-06T00:00:32-05:00

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2019-09-06T00:15:01-05:00

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